Vegas Latapie y la tesis del Franco ocultista
En 1939, un teniente coronel del Ejército franquista llamado Isaac Gabaldón Irurzun fue asesinado junto a dos de sus hijos pequeños y su chófer mientras trasladaba documentación incautada a logias masónicas. El crimen nunca se esclareció. La documentación desapareció. Sobre ese expediente sin resolver se levanta una de las tesis más incómodas para el relato oficial del
franquismo: que la represión antimasónica del Régimen fue, en buena parte, un ajuste de cuentas interno disfrazado de cruzada ideológica.
Quien dejó eso por escrito no fue un panfletista de taberna. Fue
Eugenio Vegas Latapie (Irún, 1907-Madrid, 1985), fundador de la revista
Acción Española, combatiente en la Guerra Civil bajo nombre supuesto en la IV Bandera de la Legión, consejero nacional de FET y de las JONS en 1937 —destituido al poco—, confinado en Canarias en 1942 y después secretario político de Juan de Borbón en Lausana y Estoril. Un monárquico de pedigrí, no un agitador. Su libro
La frustración en la victoria dedica las páginas 409 a 444 a un capítulo titulado «La Masonería y el Movimiento Nacional».
Qué sostiene exactamente la tesis de Vegas Latapie
El núcleo del argumento es triple. Primero: durante el franquismo, la represión contra la masonería se cebó casi en exclusiva con
ex masones, no con masones activos. Segundo: la documentación confiscada en las logias de las zonas tomadas por los sublevados desapareció misteriosamente de los archivos. Tercero: el asesinato de Gabaldón —que transportaba parte de esos papeles— quedó sin resolver y sin responsables conocidos.
La hipótesis que se desprende de esos tres hechos es incómoda: la «cruzada antimasónica» habría funcionado como un
castigo masónico a díscolos disfrazado de depuración ideológica. Es decir, que quien manejaba los hilos del aparato represivo conocía los códigos, los nombres y las jerarquías de la organización que decía combatir.
Hay quien añade un dato más: que Franco intentó ingresar en la masonería hasta en tres ocasiones antes del Alzamiento y fue rechazado, incluso con la oposición de su propio hermano. El rechazo, según esta lectura, no vendría de incompatibilidad ideológica sino de un episodio concreto: durante la guerra del Rif, un grupo de militares masones pactó no aceptar condecoraciones ni prebendas del Gobierno. Franco habría roto ese pacto.
Las estrellas de seis puntas en las monedas de Franco
A la tesis principal se le suma un rastro material que cualquiera puede verificar con una lupa y una moneda de cinco duros. En el anverso de las monedas acuñadas durante el franquismo, el año de emisión aparece dentro de una
estrella de seis puntas. La misma figura que el escudo del Estado de Israel y que aparece en el dólar estadounidense.
La leyenda completa de esas monedas reza «Francisco Franco Caudillo de España por la G. de Dios». La abreviatura «G.» admite varias lecturas. Ninguna es inocente.
El rastro simbólico no termina en la numismática. El primer diseño del Valle de los Caídos, los «juanelos» de la basílica, la pirámide-tumba de los caídos de Cantabria con el número 45 grabado —ángulo recto de la escuadra masónica— y el monumento a la batalla del Ebro en Tortosa, donde aparecen el águila, las montañas del Cáucaso y el fuego: todos los elementos del mito de Prometeo liberado de sus cadenas.
El testamento de Franco y la lealtad de los militares
El cuarto párrafo del testamento de Franco pide lealtad a Juan Carlos I. Durante décadas, ese texto estuvo colgado en los despachos de mandos militares de la vieja escuela. La restauración borbónica de 1975 no vino de una dinastía que reinaba: Alfonso XIII había abandonado el trono en 1931. Vino de la voluntad de Franco.
La contradicción que señalan algunos análisis es notable: nostálgicos del franquismo que critican a los Borbones cuando fue Franco quien los restauró y ordenó obedecerlos. El caso de Blas Piñar se cita como ejemplo de esa esquizofrenia: fiel a la memoria de Franco, crítico con Juan Carlos I, a quien Franco había ordenado obedecer.
En Falange nunca tragaron a los Borbones. La broma de cuartel era: «¡Viva el Rey! Pero que viva lejos de España». Y sin embargo, Franco nombró príncipe al nieto del rey que se marchó en 1931.
El vaciamiento del Movimiento y la Transición
La literatura sobre el relegamiento de carlistas primero y falangistas después es amplia. Franco usó a los Requetés como fuerza de choque durante toda la guerra y los reprimió y relegó al terminarla. Stanley G. Payne documentó el progresivo vaciamiento de Falange hasta convertirla en «El Movimiento», una estructura cada vez más parada y vacía de contenido. El desmontaje del Yugo y las Flechas de la Jefatura Nacional del Movimiento en 1977 simbolizó su desaparición.
El artífice de la Transición fue
Torcuato Fernández-Miranda, Jefe Nacional del Movimiento, mentor de Suárez y de Juan Carlos I, uno de los tres «padres de la transición». Falleció en Londres. El ex Jefe Nacional del Movimiento montando un gabinete jurídico en la capital británica, donde le sorprendió un infarto.
La venta de soberanía a los Estados Unidos
Si Franco era tan antimasón, la pregunta que queda flotando es por qué vendió territorio y soberanía a los Estados Unidos, potencia cuyas élites masónicas son notorias. Las bases militares de Rota y Torrejón, los acuerdos de 1953, la integración en el bloque occidental: todo eso lo firmó el mismo hombre que prohibía la masonería en España.
La respuesta más cínica es también la más probable: el anticomunismo pesaba más que cualquier otra consideración. Y el oportunismo de Franco, señalan algunos análisis, le permitía ajusticiar masones españoles mientras contaba con la íntima colaboración de masones extranjeros cuando le convenía.
El expediente Gabaldón sigue cerrado. La documentación masónica incautada sigue desaparecida. Y en cada moneda de cinco duros que alguien encuentra en un cajón, la estrella de seis puntas sigue ahí, con el año dentro, esperando a que alguien mire con lupa.