España pierde 277.560 rumanos: «Ya no compensa vivir aquí»
La comunidad rumana fue la mayor colonia extranjera de España. Hoy su censo se ha encogido en
277.560 personas en una sola década y los mostradores de Tarom en la Terminal 1 de Barajas se han convertido en la foto fija del retorno. Quien factura maleta hacia Bucarest no habla de nostalgia: habla de alquileres, de contratos de tres meses y de una nómina que se agota antes que el mes. «Es que se ha vuelto muy caro vivir aquí, ya no compensa», dice una pasajera de unos cuarenta años antes de embarcar. La frase, repetida con otras palabras, resume un diagnóstico que varios participantes del debate dan por hecho:
el que se marcha suele ser el que trabajaba.
De 833.764 a 556.204 rumanos censados en España
En 2012 Rumanía era, con diferencia, el primer país de origen de la inmigración en España:
833.764 personas censadas, y probablemente más de un millón contando a quienes trabajaban sin registro. Una década después, los datos del INE dejan la cifra en
556.204. Son 277.560 menos, el equivalente a vaciar una capital de provincia. No es un pico coyuntural: la serie baja año tras año desde entonces.
Las consecuencias ya se notan donde esa mano de obra era más valorada. «Cada vez es más difícil encontrar oficiales de primera de mi país», admite un empresario de reformas de origen rumano asentado en España. Una empresa hortofrutícola del norte que recluta a través de una agencia en Rumanía apunta al mismo cuello de botella para las campañas de recogida, que duran unos tres meses.
¿Por qué los rumanos ya no consideran rentable vivir en España?
Porque el coste de vida ha subido más rápido que los salarios del nicho al que accede buena parte de esta mano de obra. El testimonio más repetido entre quienes se van es el de la temporalidad: con los ERTE, la hostelería contrataba unos meses, pagaba
800 euros por jornada completa y después prescindía del trabajador. Eso, cuando había contrato.
Otro caso similar: una mujer de 41 años que pasó
14 años como empleada del hogar en Madrid volvió a su país con su pareja y, con lo ahorrado, compró una casa y montó una empresa. En Rumanía el gasto energético pesa menos —en muchas viviendas se calienta con estufa de leña— y eso también entra en la cuenta. Un vecino rumano que se marchó días antes de marzo de 2020 trabajaba incluso los domingos; decía que, como testigo de Jehová, no creía en el descanso dominical. Ya no está.
La convergencia rumana y el argumento que la matiza
Rumanía tiene un
5,5% de paro, según el dato que se cita en el propio debate, y acumula ya más de quince años dentro de la Unión Europea. En el plano de las cifras gruesas se citan saltos de PIB per cápita en varios países del Este: Bulgaria habría pasado de 1.700 a 14.000, Moldavia de 2.000 a más de 5.000. La lectura cómoda es que España se estanca mientras el Este converge.
La lectura incómoda es la contraria. El PIB por habitante también sube cuando el país exporta población:
Rumanía tiene cuatro millones de habitantes menos que en 1990 y Bulgaria ha pasado de nueve a 6,8 millones. Si se van los que solo encontraban miseria, el cociente mejora sin que la economía haya despegado. Ese cálculo completo, con las cifras enfrentadas, es lo que deja el diagnóstico abierto.
Quién se queda: el flanco más incómodo del regreso
Una parte del análisis sostiene que el retorno es selectivo y que deja atrás los perfiles peor insertados en el mercado laboral, mientras la llegada de nuevos residentes responde a un patrón distinto. Hay quien lo formula directamente como una sustitución de trabajadores por perceptores de ayudas públicas. Sin datos que lo respalden, la generalización se queda en eso: en un diagnóstico de barra de bar con una parte de razón incómoda y otra de prejuicio.
Un detalle que rara vez se menciona:
Rumanía conserva su moneda. Al cambio, un euro son cuatro o cinco leus según cotización. Adoptar el euro, sostienen algunos, devolvería el golpe al bolsillo de los que se marchan.
Con estos números, la migración de retorno tiene pinta de continuar. Qué parte responde a una decisión económica y qué parte a un ciclo que se agota es exactamente lo que nadie ha terminado de despejar.