Trotapoker cambia el discurso y ensalza a la Policía tras pasar por el calabozo
Cuarenta y ocho horas en dependencias policiales, según el relato que él mismo ha difundido, han bastado para que uno de los altavoces más ruidosos de la llamada disidencia digital reordene su discurso de arriba abajo. Supuestamente imputado por un
delito de odio —el asunto, a la fecha, no consta resuelto—, el streamer conocido como Trotapoker ha pasado de repartir estopa contra los cuerpos de seguridad a decir que la Guardia Civil «vuelven a ser los amigos que siempre tuve». El giro lo cuenta él mismo en sus vídeos, y el destrozo entre su propia gente ha sido notable: unos hablan de
leída de cartilla, otros de síndrome de estocolmo y unos terceros, directamente, de cobrar y callar. La pregunta que sobrevuela todo el asunto no es pequeña: ¿cuánto aguanta un discurso de resistencia cuando quien lo sostiene acaba de pasar por un calabozo?
¿Qué le ha pasado a Trotapoker?
La versión que él ha puesto en circulación estos días es sencilla: la culpa no era suya. Según su relato, la raíz del problema estaba en un tercero al que señala como responsable de haber organizado un grupo de carácter militar, y ese tercero es quien debería estar respondiendo ante la justicia. En paralelo, su página de contenidos ha echado el cierre y anuncia otra nueva con enfoque distinto. Lo del cambio de contenido lo reconoce sin problema. Lo del cambio de opinión sobre quién le detuvo, también: donde antes había desprecio hacia la autoridad, ahora hay elogios a la Policía, a la Guardia Civil y a las mujeres que prestan servicio en esos cuerpos. Entre quienes le seguían, ese giro se ha leído como una rendición.
El negocio de la disidencia con suscripción
La línea de crítica más repetida no apunta al discurso, sino a la caja. Sostiene una parte de sus seguidores que estos perfiles no viven de la causa, sino del pago recurrente: si el objetivo fuera despertar al mayor número posible de gente, el contenido iría abierto y no detrás de una cuota. En esa misma dirección se le reprocha cerrar una página y abrir otra con otra piel, y hay quien le reclama los cuatro euros que había puesto para verle. Él, mientras tanto, ha dejado caer que Trotapoker no era más que una marca de ropa, lo que terminó de descolocar a más de uno.
De fondo late una acusación gruesa: la de trabajar para un servicio de inteligencia. Ninguna prueba la acompaña, y conviene decirlo así. Es la clase de sospecha que se lanza sin coste y se repite hasta parecer un dato. Pero explica por qué una parte de esa audiencia, la que se siente estafada, dejó de discutir sobre discursos y empezó a discutir sobre facturas.
¿Por qué la detención llega cuando ya nadie la esperaba?
Porque ese es, precisamente, el patrón que algunos creen detectar. El argumento que circula es que los golpes judiciales caen cuando el personaje ya ha perdido foco público, y no en su pico de audiencia. Lo cierto es que el resultado práctico, según esa lectura, es el mismo: cuando salta la noticia, buena parte de la audiencia ya se había desentendido.
Delito de odio, delito de opinión y el doble rasero
Aquí el desacuerdo es de fondo. Una corriente sostiene que imputar por delito de odio equivale a perseguir ideas y que eso convierte el código penal en un instrumento de selección política. Otra responde que existe un catálogo legal y que quien lo traspasa asume el riesgo, con independencia de la bandera. Y una tercera, la más incómoda para todos, señala la incoherencia de criticar el marco mientras se exige coherencia a los demás. Mientras el expediente siga sin resolverse, cada cual seguirá leyendo el mismo texto en la dirección que le conviene.
La sospecha de la disidencia controlada y el papel del CNI
En el fondo del asunto aparece una teoría conocida: que todo este ecosistema está teledirigido. Se dice sin aportar pruebas y conviene tratarlo como lo que es, una hipótesis sin respaldo. La variante más matizada ni siquiera necesita servicios secretos: sostiene que internet está bajo control y que a nadie le hace falta infiltrarse, porque la división la fabrican los propios egos, sin ayuda externa. Ese diagnóstico, que no exige conspiración, es el que mejor resiste el paso del tiempo y el que más se repite cuando alguien se cae de la lista.
Con el foco puesto en el cambio de discurso, el fondo se ha quedado en el aire: qué pasa con el expediente que presuntamente se le abrió, qué pasa con el tercero al que culpa y qué pasa con la página nueva que aún no ha enseñado. Lo único comprobable, por ahora, es que el hombre que repartía estopa desde un canal de pago habla bien de quien le detuvo. Queda la pregunta incómoda: ¿cuántos aguantarían lo mismo?