Eutanasia por depresión crónica: el caso que reabre la caja de los truenos
Pere Puig, un vecino de Reus de 54 años, se convirtió en el primer hombre con depresión crónica en recibir la eutanasia en Catalunya tras dos años y medio de batalla legal. Donó sus órganos a la ciencia. El caso solo representa el 1% de las prestaciones de muerte en la comunidad, pero ha reabierto un debate incómodo: ¿dónde están los límites de la ley de eutanasia?
Un caso que rompe el molde
Puig padecía depresión crónica, una enfermedad mental que, según los datos de la Generalitat, solo motiva el 1% de las eutanasias practicadas en Catalunya. El proceso duró dos años y medio, y el propio Puig declaró antes de morir: «Hoy se pone fin a mi sufrimiento». La donación de órganos, un gesto habitual en estos procedimientos, añadió una capa más de controversia: para algunos, un acto de generosidad; para otros, una suerte de «impuesto por morir» en la España socialista, como se ha llegado a decir en círculos críticos.
El precedente de Noelia del Castillo y la «caja de los truenos»
El caso de Puig no es el primero en saltar a la opinión pública. Meses antes, la joven Noelia del Castillo había recibido la eutanasia por enfermedad mental, un caso que generó un gran revuelo mediático. A partir de ahí, muchos consideran que se ha abierto «la caja de los truenos»: que la puerta a la eutanasia por depresión ya no tiene marcha atrás. El temor a un efecto contagio o a una banalización del suicidio asistido recorre tanto a sectores conservadores como a una parte de la izquierda que ve en la ley un instrumento de control poblacional encubierto.
La aritmética del suicidio asistido: ¿ahorro o deriva?
Detrás del debate ético hay también una dimensión económica y demográfica. Con 4.000 suicidios masculinos al año en España —una tasa que cuadruplica la femenina—, la posibilidad de canalizar parte de esas muertes a través del sistema sanitario tiene implicaciones presupuestarias. El coste de un proceso de eutanasia (evaluaciones psicológicas, comités, fármacos) es inferior al de décadas de tratamiento psiquiátrico. Pero para los críticos, ese mismo argumento es el que hace sospechar que la ley esconde una deriva eugenésica: eliminar a quienes suponen una carga para el sistema.
La donación de órganos, obligatoria en todos los casos de eutanasia, también alimenta las teorías conspirativas. «¿Se sabe si hay desguace o va directo al incinerador?», se pregunta alguien en los foros, aludiendo al lucro de la industria de trasplantes. El dato es incómodo: en 2023, más del 80% de los fallecidos por eutanasia donaron sus órganos, según la Organización Nacional de Trasplantes.
Hombres, depresión y el sesgo de género en la atención
El perfil de Puig —hombre, calvo, cincuentón— no es el que suele acaparar titulares. Los defensores de la ley señalan que los hombres se suicidan mucho más que las mujeres, pero reciben menos atención psicológica. La eutanasia, en ese contexto, podría ser la única salida que el sistema ofrece a quienes no encuentran otro alivio. Sin embargo, la brecha de género en la cobertura mediática es evidente: mientras el caso de Noelia del Castillo copó portadas, el de Pere Puig pasó casi desapercibido. «Si hubiera sido una mujer joven y atractiva, habría tenido 20 páginas en Burbuja», resumen los críticos.
El debate, lejos de cerrarse, se intensifica. Mientras unos ven en la eutanasia por depresión una conquista civilizatoria, otros advierten de que se está allanando el camino hacia un «Aktion T4» moderno. La realidad, por ahora, es que solo el 1% de las muertes asistidas en Catalunya corresponden a enfermedad mental. Un porcentaje pequeño, pero que funciona como termómetro de hasta dónde está dispuesta a llegar una sociedad que envejece y que busca soluciones rápidas para el sufrimiento.