Okupas y barbacoa: cuando la comunidad de vecinos se convierte en parque temático
En una comunidad de propietarios anónima, un vecino relata la escena: un grupo de personas, amigos de los okupas que habitan un piso del bloque, está haciendo una barbacoa con la parrilla que los propietarios compraron entre todos. La parrilla, que lleva tiempo sin usarse por el distanciamiento entre vecinos, es ahora el epicentro de una celebración ajena. Algunos de los asistentes lucen la camiseta de la selección argentina. El dueño del piso okupado, lejos de indignarse, declara que le da igual. «Espero un trato similar cuando yo acabe así, sin pagar alquiler ni comunidad», escribe. La única voz que se alza en el edificio es la de su padre, que se queja. Los demás vecinos, según él, ni opinan.
El caso ilustra un fenómeno creciente: la normalización de la okupación y el uso de bienes comunes sin contraprestación. La barbacoa, comprada a balcón, se ha convertido en un bien de nadie. La indiferencia del afectado —que parece asumir la situación como parte del «mundo físico que odia el vacío»— contrasta con la postura de quienes ven en ello una oleada turística de lo colectivo. Algunos comentarios sugieren medidas drásticas, como incendiar el bloque, pero en tono de humor zain.
La pregunta que queda en el aire: ¿hasta dónde llega el derecho a usar lo que no es tuyo cuando el propietario no ejerce? Por ahora, la barbacoa arde y nadie llama a la policía.