La tensión en Ceuta que ningún informe económico recoge
La ciudad autónoma vive horas de máxima tensión. Cientos de personas acampadas en sus calles, la previsión de lluvia y frío al caer la noche, y una sensación compartida por muchos de los que siguen el día a día: “de aquí a que haya muertos falta poco”. La frase, repetida en la conversación pública, no es un pronóstico meteorológico, sino el termómetro de un malestar que lleva semanas cociéndose y que ni el Gobierno ni las estadísticas oficiales han querido abordar.
En el plano económico, la situación es un agujero negro. El coste de la presión migratoria sobre los servicios públicos de Ceuta —sanidad, limpieza, seguridad— no aparece en los presupuestos generales, y el “abandono absoluto del Estado” se ha convertido en la explicación recurrente para justificar por qué la ciudad se siente sola ante una oleada que algunos cifran en hasta 100.000 personas. Esa cifra, difícil de verificar, circula en la conversación como un elemento más de alarma, pero lo cierto es que la infraestructura de la ciudad no está dimensionada ni para una décima parte.
¿Quién tiene la culpa? Dos relatos que chocan
Hay quien sostiene que lo que ocurre en Ceuta es la consecuencia natural de una política exterior española que ha cedido ante Marruecos en demasiados frentes. La referencia al “sultán” de Rabat y a la inmunidad negociada por el Ejecutivo se repite, junto a la sospecha de que Estados Unidos ha dado luz verde a Marruecos para presionar a España. En el lado opuesto, los hay que subrayan que el problema no es solo exterior: la desinversión en fronteras y el abandono institucional de las ciudades autónomas han dejado un vacío que ahora se llena de improvisación. Ambas lecturas coinciden en algo: el Estado ha llegado tarde y mal.
La policía y el ejército, en el punto de mira
La actuación de las fuerzas y cuerpos de seguridad es otro de los ejes de la discusión. Mientras unos denuncian que se está defendiendo a “invasores” en lugar de a los ceutíes, otros consideran que los agentes no tienen órdenes claras y que cualquier intervención podría ser utilizada en su contra. La idea de que “hasta que no haya un muerto no se va a hacer nada” resume la desconfianza que despierta tanto el Gobierno como la cadena de mando, y alimenta una deriva peligrosa: la de quien reclama soluciones por su cuenta, al margen de la ley.
El trasfondo social: ira contra el sistema, no contra el inmigrante
Menos evidente, pero igual de relevante, es la lectura que señala que el foco del enfado no es únicamente la inmigración, sino la complicidad de las élites con un modelo que precariza al trabajador nativo. Se argumenta que la misma persona que protesta contra una acampada improvisada puede ser la que no protesta contra la subida del alquiler o la pérdida de poder adquisitivo. La ira se dirige contra el que está visiblemente encima, no contra el que está detrás del problema. Es un matiz de fondo que las televisiones no suelen mostrar cuando enfocan la valla.
Y el dato que descoloca este análisis es que, pese a todo, la ciudad sigue en calma tensa. Ni la lluvia ni el frío han provocado todavía la chispa que muchos esperan, pero la espera no es tranquilidad: es un polvorín que espera a que alguien encienda la mecha. La pregunta no es si Ceuta aguantará, sino cuándo y con qué consecuencias dejará de aguantar.