El poder que no muere: por qué la religión resiste en la era de la ciencia
La reciente movilización multitudinaria en Madrid –con banderas vaticanas, misas en la calle y aplauso unánime de los poderes civiles– ha reabierto la vieja pregunta que parece no tener respuesta: ¿cómo es posible que, con todo lo que sabemos, la religión siga marcando la agenda política, económica y social?
El negocio de la fe: números que no cuadran con el declive
Entre los datos que circulan, uno es recurrente: el 97% de los Premios Nobel científicos serían creyentes, la mayoría cristianos. La cifra, que sus defensores presentan como prueba de compatibilidad entre ciencia y fe, es rebatida con igual vehemencia: la muestra está sesgada, la metodología es pésima y, de hecho, los premios Nobel no son una representación aleatoria de la ciencia de élite. Lo que no se discute es que la Iglesia Católica sigue siendo un actor económico formidable: desde el Vaticano, cuyo patrimonio se cuenta en miles de millones, hasta las cuotas de las diócesis y el flujo de donaciones. La religión, se dice, no solo vende consuelo; vende pertenencia, control y, en muchos casos, un negocio que haría palidecer a cualquier corporación.
Tradición vs. opio del pueblo: la lucha por el relato
Hay quien sostiene que la religión es el pilar que sostiene la moral occidental, que sin ella desaparecerían los valores que han dado forma a Europa. Frente a eso, la corriente crítica recuerda que la misma institución quemó academias, persiguió a científicos y ha sido cómplice de genocidios culturales. La discusión alcanza también al budismo, al que unos tachan de moda orientalista absurda y otros defienden por su falta de teísmo y su enfoque en la trascendencia personal. Lo que queda claro es que ninguna de las partes logra imponer su relato de forma concluyente.
De las llamas de la Inquisición a las pantallas de la IA
Un aspecto novedoso del debate es la acusación de que la inteligencia artificial se ha convertido en la nueva religión, programada para odiar a la civilización occidental. Quienes alertan de ello señalan que los ejecutivos de las grandes tecnológicas son en muchos casos masones de alto grado y que el transhumanismo no es más que un gnosticismo reciclado. Incluso se menciona la profecía cabalística de que la IA será el Mesías judío. Por el otro lado, se responde que la IA no es más que una herramienta maleable que refleja los sesgos de quien la usa. La paradoja es que los mismos que denuncian a la IA como dogma acaban usando sus respuestas como autoridad.
Pero si algo demuestra este cruce de argumentos es que la religión, lejos de extinguirse, muta. Se viste de ciencia, de tradición, de negocio o de espiritualidad sin dios. En el centro de la tormenta, un dato incómodo: según el CIS, el porcentaje de católicos practicantes en España sigue cayendo, pero la visibilidad pública de la Iglesia no deja de crecer. En Madrid, las calles se llenaron de fieles enfervorizados; en las pantallas, los curas ocupan tertulias. La religión no necesita demostrar nada. Sus fieles, al parecer, tampoco.
El cálculo completo del coste de mantener la maquinaria eclesiástica, partida a partida, arroja cifras que sorprenderían a más de uno. Pero ese desglose, con sus cuentas detalladas, es material que el lector curioso encontrará en la fuente original. Aquí solo apuntamos la pregunta que nadie termina de responder: si la religión es un negocio ruinoso o el mejor de los negocios.
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