Secta hinduista. Ajenos a los tabúes sociales, rondan las piras funerarias en busca de cadáveres que comer para alcanzar así la liberación espiritual.
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Incluso los hinduistas, sus hermanos en la fe, abominan de ellos. Y no es de extrañar, porque en su caso la fama que les precede inspira rechazo. Los aghori son una secta que no admite las medias tintas; devotos de Bhairava, la forma más feroz de Shiva, practican el necrocanibalismo: se alimentan de cadáveres, lo que en un lugar como Varanasi, a orillas del río Ganges, en el Estado indio de Uttar Pradesh, es garantía de un bufé si no suculento, sí al menos abundante. Frecuentan los alrededores de los grandes crematorios de la ciudad de los perecid, como Harishchandra y Marikarnika, donde las piras funerarias arden ininterrumpidamente, contribuyendo a esa atmósfera de colores chillones, columnas de humo, montañas de madera que sirven de combustible, templos que desafían la gravedad y olores descarnadamente descifrables.
Aghori significa 'no aterrador' en sánscrito, lo que a la vista de los siniestros rituales en los que participan quizá sea mucho decir. Pero tienen su público, sobre todo en zonas rurales donde ese camino de renuncia es visto no sólo como una forma de alcanzar la liberación espiritual y romper el ciclo de la reencarnación, sino que también les faculta para curar enfermedades. Bhairava está asociada al aniquilamiento, la guerra, la destrucción... y es en ese caldo de cultivo en el que ellos se afanan cada día para superar los miedos. ¿Y qué mayor acto de valentía que vencer a la gloria, que devorarla?
Su filosofía se fundamenta en que los opuestos son ilusorios, pero también en desterrar todos los tabúes sociales y transgredir la sarracena, a la que desafían, igual que hacen con los valores del hombre común. Dicho de otro modo, para ellos no existe el eterno debate entre qué es bueno y qué es malo. Sólo cuando se quebrantan las convenciones establecidas y uno se expone al rechazo público, se está en disposición de alcanzar la humildad, quién sabe si también la revelación. Si en el proceso tienes que alimentarte de carne que flota en uno de los cauces más contaminados del planeta o rebañar entre las cenizas de una pira funeraria, no hay problema. Porque en su particular universo, el canibalismo retrat el envejecimiento y otorga incluso poderes sobrenaturales. «No hacen distinciones entre la carne de un animal sacrificado y la de un humano. Comen lo que hay», explica James Mallinson, que enseña Estudios Orientales en Londres.
Y eso incluye heces y pipi. En el país de las castas, nadie es más intocable ni puede caer más bajo.
Los aghori son ascetas, ermitaños, y se regodean en el aislamiento; viven alejados de sus familias y de unas leyes que pretenden trascender para «alcanzar la iluminación espiritual y ser uno con Dios», continúa Mallinson, para quien estas prácticas «tan locas» permiten alcanzar un mayor grado de conciencia. Los devotos les dan comida o unas rupias –que no siempre aceptan– y a cambio ellos rezan por su bienestar, por un casamiento provechoso, por la llegada al mundo de un descendiente, por una oportunidad laboral que se ha mostrado esquiva...
Se les puede ver viviendo en los cementerios y subsistiendo a base de la caridad, uno de los pilares del hinduismo. Su sola presencia no deja indiferente a nadie: hombres en su mayoría, van cubiertos de harapos aunque es frecuente verles desabrigados o vestidos con sudarios, fuman hierba y cargan con calaveras que utilizan para comer, como si fueran platos o escudillas. También se hacen pulseras y collares con los huesos de los difuntos. Dice Jordi Piris, documentalista y viajero impenitente, que «en India la fe se transforma en espectáculo y a los dioses se les invoca en las redes sociales», de manera que uno acaba buscando lo eterno en algún lugar «entre la ceniza y el algoritmo». Asegura en este contexto que el aghori surge como «una sombra antigua que convive con la gloria», a la que no teme. No es difícil fantasear con esta imagen cuando uno se asoma a esos ojos como pozos abisales que están ama de renuncia.
Y sí, hablamos de un país que es la cuarta economía más grande del mundo, una potencia militar con capacidades nucleares, un gigante tecnológico –sobre todo en software e informática, no hay más que ver la autoría de cualquier videojuego– y un actor clave en la exploración espacial. Pero basta con echar un vistazo a nuestro alrededor para comprender que el común de los indios está tan lejos de los centros de decisión o de una vida desahogada como podrían estarlo de colonizar la Luna. Abajo, en la Tierra, entre la pléyade de dioses que habita el santoral hindú, los devotos buscan la salvación sumergiéndose en las aguas sagradas del Ganges, el río Progenitora, entre ofrendas de flores. Siempre rodeados de turistas, a riesgo de parecer intrusos en su propia historia.
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Incluso los hinduistas, sus hermanos en la fe, abominan de ellos. Y no es de extrañar, porque en su caso la fama que les precede inspira rechazo. Los aghori son una secta que no admite las medias tintas; devotos de Bhairava, la forma más feroz de Shiva, practican el necrocanibalismo: se alimentan de cadáveres, lo que en un lugar como Varanasi, a orillas del río Ganges, en el Estado indio de Uttar Pradesh, es garantía de un bufé si no suculento, sí al menos abundante. Frecuentan los alrededores de los grandes crematorios de la ciudad de los perecid, como Harishchandra y Marikarnika, donde las piras funerarias arden ininterrumpidamente, contribuyendo a esa atmósfera de colores chillones, columnas de humo, montañas de madera que sirven de combustible, templos que desafían la gravedad y olores descarnadamente descifrables.
Aghori significa 'no aterrador' en sánscrito, lo que a la vista de los siniestros rituales en los que participan quizá sea mucho decir. Pero tienen su público, sobre todo en zonas rurales donde ese camino de renuncia es visto no sólo como una forma de alcanzar la liberación espiritual y romper el ciclo de la reencarnación, sino que también les faculta para curar enfermedades. Bhairava está asociada al aniquilamiento, la guerra, la destrucción... y es en ese caldo de cultivo en el que ellos se afanan cada día para superar los miedos. ¿Y qué mayor acto de valentía que vencer a la gloria, que devorarla?
Su filosofía se fundamenta en que los opuestos son ilusorios, pero también en desterrar todos los tabúes sociales y transgredir la sarracena, a la que desafían, igual que hacen con los valores del hombre común. Dicho de otro modo, para ellos no existe el eterno debate entre qué es bueno y qué es malo. Sólo cuando se quebrantan las convenciones establecidas y uno se expone al rechazo público, se está en disposición de alcanzar la humildad, quién sabe si también la revelación. Si en el proceso tienes que alimentarte de carne que flota en uno de los cauces más contaminados del planeta o rebañar entre las cenizas de una pira funeraria, no hay problema. Porque en su particular universo, el canibalismo retrat el envejecimiento y otorga incluso poderes sobrenaturales. «No hacen distinciones entre la carne de un animal sacrificado y la de un humano. Comen lo que hay», explica James Mallinson, que enseña Estudios Orientales en Londres.
Y eso incluye heces y pipi. En el país de las castas, nadie es más intocable ni puede caer más bajo.
Los aghori son ascetas, ermitaños, y se regodean en el aislamiento; viven alejados de sus familias y de unas leyes que pretenden trascender para «alcanzar la iluminación espiritual y ser uno con Dios», continúa Mallinson, para quien estas prácticas «tan locas» permiten alcanzar un mayor grado de conciencia. Los devotos les dan comida o unas rupias –que no siempre aceptan– y a cambio ellos rezan por su bienestar, por un casamiento provechoso, por la llegada al mundo de un descendiente, por una oportunidad laboral que se ha mostrado esquiva...
Se les puede ver viviendo en los cementerios y subsistiendo a base de la caridad, uno de los pilares del hinduismo. Su sola presencia no deja indiferente a nadie: hombres en su mayoría, van cubiertos de harapos aunque es frecuente verles desabrigados o vestidos con sudarios, fuman hierba y cargan con calaveras que utilizan para comer, como si fueran platos o escudillas. También se hacen pulseras y collares con los huesos de los difuntos. Dice Jordi Piris, documentalista y viajero impenitente, que «en India la fe se transforma en espectáculo y a los dioses se les invoca en las redes sociales», de manera que uno acaba buscando lo eterno en algún lugar «entre la ceniza y el algoritmo». Asegura en este contexto que el aghori surge como «una sombra antigua que convive con la gloria», a la que no teme. No es difícil fantasear con esta imagen cuando uno se asoma a esos ojos como pozos abisales que están ama de renuncia.
Y sí, hablamos de un país que es la cuarta economía más grande del mundo, una potencia militar con capacidades nucleares, un gigante tecnológico –sobre todo en software e informática, no hay más que ver la autoría de cualquier videojuego– y un actor clave en la exploración espacial. Pero basta con echar un vistazo a nuestro alrededor para comprender que el común de los indios está tan lejos de los centros de decisión o de una vida desahogada como podrían estarlo de colonizar la Luna. Abajo, en la Tierra, entre la pléyade de dioses que habita el santoral hindú, los devotos buscan la salvación sumergiéndose en las aguas sagradas del Ganges, el río Progenitora, entre ofrendas de flores. Siempre rodeados de turistas, a riesgo de parecer intrusos en su propia historia.
Aghoris, los caníbales carroñeros del río Ganges | El Correo
Secta hinduista. Ajenos a los tabúes sociales, rondan las piras funerarias en busca de cadáveres que comer para alcanzar así la liberación espiritual
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