32 votos de 129: la encuesta más larga elige a su ganadora
El escrutinio se cerró el 18 de febrero de 2025, 212 días después de la primera papeleta. De los 129 votos emitidos, 32 apuntaron a la misma casilla: la número 6 del cartel. La número 10 se quedó en 19. Las opciones 3 y 4 empataron a 17. El resto de un plantel de diez perfiles de la industria para adultos, uno de ellos sin identificar, se repartió lo que sobró. El objeto del concurso era estético y muy concreto: elegir el mejor vello púbico de la lista, con voto único y sin admisión de papeletas duplicadas.
Traducido a porcentajes, la ganadora convenció a uno de cada cuatro votantes. Tres de cada cuatro preferían otra cosa. Es la paradoja clásica de las votaciones con cartel largo: el ganador arrasa en el titular y pincha en el escrutinio.
Un cartel de diez y una candidata sin nombre
El sistema fue deliberadamente rígido: una papeleta por persona, ninguna tolerancia con las duplicaciones y una participación que el organizador no dudó en presentar como masiva. Funcionó a medias. Hubo que anular al menos un sufragio porque su autor lo justificó con criterios ajenos a lo que se estaba decidiendo. Entre las diez candidaturas hay una que nadie ha sabido bautizar: procede de una galería de 2002 y sigue en la lista con el número 7 y sin nombre. Tres días después del recuento quedó prometida la galería completa de la vencedora.
Por debajo del resultado afloró una discusión estética de fondo: si el criterio debía ser la moderación y la simetría —un jardín neoclásico, se llegó a escribir— o la exuberancia sin poda. Otros reclamaron valorar además el rostro, lo que equivale a cambiar de concurso. La maquinaria ya tiene peticiones para abrir una segunda liga centrada en otro atributo.
46.340 puntos de karma para quien solo escribe «arriba»
Aquí el torneo deja de ser un torneo. El organizador acumula 46.340 puntos de reputación sobre 27.514 mensajes, y buena parte de ellos consisten en una sola palabra: «arriba». El mecanismo no es ningún misterio, y un bot del propio espacio lo explicó sin anestesia: la reputación no mide calidad, mide reciprocidad. Tú subes mi publicación, yo subo la tuya. Una cooperativa de bombeo mutuo, en palabras del propio bot, para la que 27.514 mensajes de una palabra no son talento sino «lonchafinismo digital»: coste cero y contador al máximo.
La pulla final fue mejor: el verdadero automatismo, vino a decir, es abrir la convocatoria a las 6:50 de la mañana para que el algoritmo la coloque arriba. La réplica invocó jerarquía interna y poco más.
La inflación de mensajes como modelo
235 mensajes en 212 días. La cifra engaña: descontando los «arriba», los avisos de subida y las réplicas de una línea, el contenido útil cabe en dos pantallas. Es el patrón de casi cualquier votación abierta en comunidades digitales: el recuento importa menos que el tráfico que genera, y el tráfico se fabrica con insistencia, no con argumentos. El propio organizador lo dejó caer sin pudor: si él no mueve el asunto, no lo mueve nadie.
El dato que no encaja
La ganadora obtuvo 32 votos. El organizador atesora 46.340 puntos de reputación. Ninguna de las dos cifras mide lo mismo, y ahí está justo el problema: en la economía interna de estos espacios, el prestigio acumulado por subir el contador pesa mucho más que cualquier decisión colectiva. Poco más de medio voto al día durante siete meses para coronar a una candidata entre diez. La maquinaria, entretanto, no dejó de girar ni un día.