Hasta hace un par de semanas, la retórica latinoamericana a propósito de la magna crisis financiera que azota a Occidente (ya cada vez más a Oriente también) se caracterizaba por una mezcla muy peculiar de jactancia y prepotencia. Por un lado, líderes como Cristina Fernández, de Argentina, y Hugo Chávez, de Venezuela, proclamaban el fin del neoliberalismo, el bien merecido castigo a Estados Unidos por los incontables e innegables pecados de Bush, y la plena justificación de políticas diferentes: por fin parecía que otro mundo fuera posible. Por otro lado, mandatarios como Lula y Calderón, de Brasil y México, respectivamente, aseguraban que la crisis no afectaría a sus países, por distintos motivos: el presidente brasileño decidió que “ésta es una crisis de Bush”, y los colaboradores del mexicano aseveraban que la economía de México estaba “blindada” contra los estragos de la crisis. Por último, se alegaba que en el pasado (crisis de la deuda de 1982, efecto tequila de 1995, devaluación brasileña de 1999), las hecatombes se originaban en América Latina y se extendían hacia el norte. Ahora no es el caso, y por tanto no hay razón para suponer que el contagio se produzca. Todas estas tesis se antojan cada día más falsas.