España como guardería: el triunfo de la distopía infantilizadora durante la esa época en el 2020 de la que yo le hablo
En plena esa época en el 2020 de la que yo le hablo se hizo visible lo que siempre estuvo ahí: España trata a sus ciudadanos como niños que necesitan permiso, premio y castigo para portarse bien. No es que la población sea infantil, sino que el sistema de incentivos montado alrededor del bicho convirtió la obediencia en virtud y la libertad en riesgo. La metáfora de la «Sociedad Guardería Feliz» condensa la tesis: un poder que sonríe mientras vigila, que entretiene mientras restringe.
Hay quien sostiene que el fenómeno no es nuevo, pero la crisis sanitaria le dio cobertura para operar sin disimulo. El ciudadano medio se sintió importante colaborando con las normas, como el niño que levanta la mano para responder. Y quien no colaboraba quedaba señalado. El mecanismo es el mismo que las religiones: se sustituye el temor al infierno por el temor al ostracismo social. Una religión laica, vamos, con sus herejes y sus auto maldiciones.
El Estado Totalitario Plastidecor y sus bailes
La estética del conjunto tiene nombre: Estado Totalitario Plastidecor. Gente gris que nunca ha tenido poder real decide por todos, pero lo hace con colores, dibujitos y mensajes de “tú puedes”. El ejemplo más citado es el de policías y bomberos bailando durante el confinamiento mientras la gente no podía pisar la calle. El mensaje era claro: te divierto para que no protestes. La yó con la pegatina de IKEA que indica cuánto tiempo lavarse las manos: hay que tararear un estribillo de ABBA. La infantilización baja al detalle.
Responsabilidad individual, secuestrada
Otro filón del análisis es la responsabilidad individual, secuestrada. «¿Para qué quiero yo libertad?», llegó a decir un adulto. La frase resume la mentalidad que el sistema premia: encajar es más fácil que decidir. Se ha calado en el imaginario colectivo que responsable es quien hace lo que dice la profe, no quien responde de sus actos. Los demás tienen la culpa, o el Estado, o el bicho.
La educación, fábrica de súbditos
La educación no se libra. La evolución del modelo formativo muestra el paso del aprendizaje al cumplimiento: ya no se evalúa si entiendes, sino si obedeces. La «generación langosta» que no sabe gestionar la frustración es el resultado de una escuela que premia la autoestima por encima de la competencia. Y sobre eso se construye una sociedad que aplaude a quienes piden que le resuelvan la vida.
En el extremo, el debate se enfanga. Hay quien busca explicaciones en la psicología social y quien las reduce a un esquema de género, pero el ruido no debe tapar el fondo: la aceptación social se ha convertido en el nuevo criterio de verdad. Si el poder necesita ciudadanos-niños, la salida no vendrá de quienes se benefician de la guardería. La anomalía es que ni siquiera parezca haber demanda de emancipación.