Corrupción: Abril 2021: Vallín y Leire contra el poder judicial

RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

¿Qué se dijo exactamente en abril de 2021 sobre el poder judicial y por qué vuelve ahora? El columnista Pedro Vallín publicó entonces un texto que, leído con la perspectiva de los años, se interpreta como una pieza más de una estrategia sostenida: desacreditar a los jueces como freno institucional. La fecha no es casual.

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Falta saber si ya entonces pensaban que lo de Abalos y Zapatero acabaría saliendo o simplemente querían el poder absoluto.

Recordar que cuando le echaron de la Vanguardia por sus comentarios fue acogido en el seno nutricio de las tertulias de TVE
 
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Esta mañana lo estaba diciendo en otro hilo, ayer cerró su cuenta de tuiter y tiene todas las papeletas de estar en el ajo, Ferreras lo contrato cuando lo tiraron de la Vanguardia por burlarse de los afectados de la DANA.
De lo más caricia del entorno del psoe: repipi, engreído, bowling, rastrero, faltón, fistro... lo tiene todo este señor.

 

Siempre es lupus​

  • Leire Díez es el dedo y Antonio Balas es la luna. Al doctor House no se le habría escapado
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Pedro Vallín

7 de junio de 2026 19:26h
El nuestro, bien ejercido, es oficio de diletantismo. En términos ideales, un periodista ha de ser alguien que cultiva o se interesa “como aficionado y no como profesional” (en definición de la RAE) por todas las artes y por todos los oficios, extendiendo sus precarios saberes en todas direcciones. Hay que saber de ingeniería, geología y clima para hacer una crónica sobre lo que le pasa a la red de alta velocidad, sin ser ingeniero, geólogo ni climatólogo, y saber de derecho procesal para seguir las extraordinarias aventuras de Díez y Balas, sin ser profesor universitario del ramo. Y estos saberes deben ser acumulados, porque la especialización, como siempre insistimos desde aquí, conduce a una concentración en el detalle que tiende hacer de la materia —sea la tectónica de placas o la ley de enjuiciamiento incivil— el factor que todo lo explica. Por eso la dispersión es la única forma de dar con un diagnóstico correcto.

El modelo, siempre hablando en términos ideales, es el conocimiento del doctor House (Hugh Laurie, en la serie homónima) quien, aunque se ha dicho poco, no era un especialista en infecciosas, oncología, alergología, traumatología, urología, ginecología o traumatología, era más bien como el médico del pueblo, al que nada le era ajeno, de un uñero a una tromboflebitis. Como decía la farsa de Carlos Faemino, riéndose de los especialistas: “Y te dice el doctó: yo solo pulmón y corazón, pulmón y corazón. ¡¡¿Y el otro pulmón qué?!! ¡Estudia medicina general, […]!”. Pues esa caricatura, esa combinación de conocimientos someros pero solventes sobre todas las cosas combinada con una intuición puntiaguda era la virtud de nuestro querido Gregory House, y ese debería ser el propósito del oficio. Y a veces lo es.

Vimos la semana pasada que las cosas se entienden mejor a la que uno abre el plano, en el mes del juicio de la Kitchen —el más grave escándalo político desde el GAL y hasta que se juzgue a Montoro por esa presunta tómbola de leyes para multinacionales que el juez cree que se traía entre manos—, viendo a los aledaños de los que han sido encausados por haber montado una organización incivil dentro del ministerio del Interior tan entusiasmados por reclamar nuestra atención con grandes aspavientos para los quehaceres de José Luis Rodríguez Zapatero, Leire Díez, David Sánchez o Begoña Gómez. Solo esa sincronía ya debería obligar al respetable a enarcar una ceja.

(mensaje citado en revisión)
Sabemos que los lugares comunes y la costumbre son como surcos en el suelo que hacen que toda lluvia venidera se conduzca a su través, y los periodistas somos especialmente vulnerables a esos hábitos. Uno de los tópicos más obvios, exitosos y reafirmados cada semana es el futbolerismo Madrid-Barça con el que interpretamos la política de esta democracia de partidos, una pasión por los colores que acaba conduciendo todo evento a la acequia de la pugna PSOE-PP. En el caso — los casos— que nos ocupa, esta inclinación es muy poco útil porque resta trascendencia a lo que de verdad está pasando, que es gravísimo, que viene ocurriendo desde hace tiempo y que hoy pone en riesgo la viabilidad democrática del país. Que no es una bacteria socialista de las instituciones ni un cáncer popular en las fuerzas del orden. Esos serían los diagnósticos del especialista en infectocontagiosas y el oncólogo, respectivamente. House sabría lo que pasa. Y sí, como siempre, es lupus, es enfermedad autoinmune en la que el cuerpo quiere cancelar al cuerpo.

Porque las instituciones —las fuerzas y cuerpos de seguridad, la fiscalía, la judicatura…— no están para preservar la viabilidad del Estado sino para defender la democracia y sus reglas. Un frívolo diría que es lo mismo, pero Estado hemos tenido durante más medio milenio —con todo su boato, sus papeles y sus archiperres— y resulta que la democracia hizo pie por aquí cuando el arribafirmante estaba a punto de entrar en la pubertad.

Esa tensión de prevalencia del Estado sobre la ley democrática se transparentó ya en todo lo que ocurrió alrededor del 1 de octubre de 2017 en Catalunya. El catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Pompeu Fabra Enric Fossas Espaldaler dijo entonces que “al derecho constitucional no se le puede pedir que solucione un gran problema político para el cual no está hecho (…) El derecho ha mostrado sus limitaciones para hacer frente a un desafío lanzado desde los poderes públicos al ordenamiento constitucional”. Instituciones del Estado contra el Estado, eso fue el procés. Tanta razón tenía el catedrático que la persecución del independentismo sacó al Tribunal Supremo de los raíles del derecho constitucional, en un proceso de descarrilamiento muy imaginativo —aunque no muy brillante— en el que hubo que tricotar ganchillo jurídico para encajar los comportamientos de la Generalitat en algún tipo penal. Sin un éxito claro.

Podríamos seguir relatando momentazos de la creatividad de las instituciones para soliviantar el derecho democrático —para los anales quedará aquel canutazo del entonces presidente de la Sala Segunda, Carlos Lesmes, en la soleada plaza de la Villa de París, explicando a los medios por qué el dictamen de la justicia europea que anulaba las cláusulas suelo y obligaba a devolver lo engañado no tendría una aplicación efectiva en nuestro país de desdentados—, pero el caso es que la punta de ese iceberg, que ya había aflorado años ha cuando Interior dio cobijo a un grupito de policías cejijuntos y bastante fascistillas, encabezados por Amedo y Domínguez, para que acabaran con ETA por la vía del “[…]”, es inequívocamente la Kitchen, ese llenapistas, que diría el maestro Guillem Martínez, consistente en disfrazar a un propio de cura y secuestrar a la mujer del contable de Al Capone antes de que entregue sus libros a Elliot Ness. (Quizá haya mezclado dos películas aquí, pero es que escribo esta pieza los viernes, con la urgencia rumbera que ello implica).

No, no asistimos a la pugna del PP para desbancar al PSOE, y si en el puente de mando del PP creen que eso es lo que ocurre, necesitan analistas mejores. O analistas, a secas. Lo que están presenciando ustedes es una guerra devastadora y sangrienta dentro del Estado. Es el Estado contra el Estado. Repasen: el Consejo General del Poder Judicial exigiendo al letrado mayor del Congreso conocer un proyecto de ley que estaba colgado en la web, el Supremo amenazando a la presidencia del Congreso por carta para que ejecutara la sentencia contra Alberto Rodríguez —esos son los escritos cuya lectura, una exquisitez, debería recomendar el expresidente de la Sala Segunda, Manuel Marchena, a sus atentos alumnos en las conferencias—, la UCO del teniente coronel Balas registrando la dirección general de su propio instituto armado, policías grabando a policías, los controles de seguridad del ministerio del Interior dejando pasar por esos arcos, que filtran hasta un cortaúñas, sobres con balas a los despachos de ministros o de la dirección de la Guardia Civil, el Supremo y la fiscalía de Madrid llevándose por delante al fiscal general del Estado… Está por todas partes: es una guerra del Estado contra el Estado. Y siendo más concretos, del Estado Centenario contra el Estado Democrático.

El ejército, los fiscales, la policía, los jueces… componen el sistema inmune del cuerpo democrático para defenderlo de patógenos que supongan un riesgo para él. Grupos terroristas, crimen organizado, corrupción empresarial, agentes financieros extranjeros… Pero, a veces, el sistema inmune se revuelve contra el propio cuerpo. Saben bien los especialistas en trasplantes, que el sistema inmune puede considerar ajeno al órgano trasplantado y atacarlo con furia. Y si no se lo mete en vereda con medicación antirrechazo, cancelar al paciente.

La democracia fue un trasplante en este centenario Estado y durante mucho tiempo el arribafirmante estaba a punto de entrar en la pubertad.
 
Abril de 2021.

Hay que recordar que estaba vigente el 2° estado de alarma por el ELbichito, que duró 6 meses y tuvo menos restricciones pero las había.

Mientras los ciudadanos españoles estábamos como pollos sin cabeza por la fases de desescalada, éstos manejaban los hilos por debajo de la mesa.

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