El 4% de propietarios concentra el 57% de las viviendas en España
El acceso a la vivienda ha dejado de ser un problema local. Un artículo de
ABC sostiene que la escalada de precios que sufren Madrid, Londres, Nueva York, Sídney o Toronto responde a un mismo patrón: la entrada masiva de capital institucional en el ladrillo tras la crisis de 2008. La tesis, que el diario atribuye a académicos como Dorling (Oxford) y Tooze (Columbia), sitúa el origen en los 25 billones de dólares que los bancos centrales inyectaron en el sistema y que acabaron convertidos en vivienda. El texto está tras muro de pago, pero su resumen circula y ha reabierto la discusión sobre quién es realmente el dueño del parque inmobiliario.
Quién posee realmente el alquiler en España
El dato que rompe el relato más cómodo es el reparto de la propiedad. Según un cálculo que circula en el debate, el
96% de los propietarios tiene una o dos viviendas, pero ese
4% restante concentra el 57% del parque. Un 15% de las viviendas en alquiler pertenece a fondos de inversión y un 42% a propietarios con tres o más inmuebles. La fuente de ese desglose es el trabajo del antropólogo Jaime Palomera, autor de
El secuestro de la vivienda, que añade un dato aún más incómodo: los contribuyentes que declaran más de 600.000 euros anuales en el IRPF obtienen el
35% de sus ingresos de los alquileres, frente al 7-9% de las rentas medias. El arrendamiento no es un complemento de clase media; es el motor del rentismo de élite.
Hay quien matiza que esa cifra incluye locales, oficinas y naves, no solo vivienda. El matiz es razonable, pero no desmonta el patrón: el mismo perfil patrimonial que acumula pisos suele tener también locales y oficinas. Y el mercado residencial, por sí solo, mueve alrededor de
3,3 millones de viviendas en alquiler con una renta media cercana a los 1.000 euros mensuales.
¿Es la usura o es la falta de oferta?
Aquí se abre la grieta. Una corriente sostiene que el problema es de oferta: si la población crece y no se construye, los precios suben, y da igual que el casero se llame Paco o sea una sociedad con 200 pisos. España lleva una década construyendo por debajo del nivel de reposición, y eso, con presión demográfica, dispara las tensiones. El cálculo más optimista asume que reducir demanda o elevar oferta bajaría los precios, como ya ocurrió en otras fases.
La otra corriente señala al capital financiero. No niega la sequía de obra nueva, pero subraya que los fondos han ido donde ya había problemas preexistentes: zonas tensionadas, grandes ciudades, mercados con demanda cautiva. Blackstone compró más de 80.000 viviendas en Estados Unidos entre 2012 y 2015; en España, Goldman Sachs y Cerberus adquirieron más de 50.000 al Sareb y a las cajas quebradas. Hoy los grandes tenedores acumulan 300.000 viviendas, el 15% del mercado de alquiler. No crearon el problema, pero lo aceleran.
La herencia como única puerta de entrada
El artículo apunta a una consecuencia que nadie discute: si el precio sigue desacoplado del salario, la vivienda en propiedad se heredará o no se tendrá. Y ahí aparece el problema demográfico. Quien hoy tiene 30 o 40 años no va a heredar pronto: la esperanza de vida sitúa la herencia cerca de los 60, con los hijos aún en casa de los padres. La única salida que algunos plantean es que el Estado construya vivienda pública fuera de mercado, en alquiler asequible o usufructo vitalicio. Todo lo demás, dicen, ya se ha demostrado que no funciona.
La otra pata del asunto es la inseguridad jurídica del arrendador. Varios propietarios pequeños admiten que se salen del mercado por miedo a impagos y a normativas cambiantes. El decreto que extendió la prórroga de contratos generó un revuelo jurídico notable y erosionó aún más un sector ya vapuleado. Sin seguridad, la oferta se retrae, y la oferta que se retrae empuja el precio hacia arriba.
Al final, la pregunta no es si Wall Street descubrió tu barrio. Es qué queda cuando lo hace: un mercado donde el 4% posee más de la mitad del parque, donde el alquiler financia el patrimonio de los más ricos y donde la única herencia que muchos van a recibir es la factura de haber llegado tarde.