La IA no resuelve Navier-Stokes: confunde Fermat con fuerza bruta
Circula la idea de que la inteligencia artificial ha resuelto las ecuaciones que describen cómo fluye el agua. Nadie ha demostrado nada, y buena parte de lo que se presenta como avance matemático es una búsqueda por fuerza bruta rebautizada con un nombre que vende mejor.
Refutar no es demostrar: la asimetría que se vende como hallazgo
Encontrar un contraejemplo es fácil; demostrar el caso general es el trabajo. Esa asimetría la señaló Popper hace casi un siglo y sigue marcando la frontera entre dos mundos. Un ordenador lleva desde Turing metiendo números en un bucle hasta que suena la flauta. Eso no es matemática nueva: es paciencia con electricidad.
La confusión de fondo es técnica. Que una máquina no pueda decidir si un programa cualquiera termina no implica que no pueda verificar una demostración concreta. El problema de la parada es indecidible en general; comprobar un proof ya escrito es mecánico. Son dos problemas distintos, y quien los mezcla suele acabar anunciando un milagro.
Gödel, Penrose y el salto que nadie corrige
El segundo teorema de incompletitud dice algo muy concreto: un sistema formal consistente, con aritmética suficiente, no puede demostrar su propia consistencia. Nada más. No habla de simular, replicar ni modelar. Confundir «no puedes probar tu consistencia desde dentro» con «no puedes simular el sistema desde dentro» es exactamente el salto que da Penrose, y sigue siendo un salto.
Fermat destroza ese argumento en lugar de sostenerlo. La demostración de Wiles es matemática estándar —geometría algebraica, formas modulares, teoría de Galois— y ya hay un proyecto en marcha, con Lean, para verificarla línea por línea en un ordenador. Si la máquina comprueba el proof entero, el proof no usó ninguna lógica interna inaccesible. Usó la misma de la que la máquina dispone.
Los que dominan Navier-Stokes caben en un aula
En el hilo se sostiene que la cifra que se repite —«millones de matemáticos» trabajando en el problema— es la misma inflación que «millones de científicos» o «millones de parámetros»: los que dominan de verdad las ecuaciones en derivadas parciales de Navier-Stokes son un puñado, y la mitad están en la industria o en un departamento, no en el circo mediático. Las EDP no se resuelven por votación.
Hay además una curiosidad histórica que se repite mal. Bell escribió en 1964 para dar munición a Einstein contra Bohr y acabó demostrando la imposibilidad de variables ocultas locales; en 1966 rescató el trabajo de Bohm, que la ortodoxia había enterrado. Eso es lo que hace un matemático. Buscar agujas en un pajar hasta que sale una no lo es.
El negocio no es el teorema, es la letra pequeña
Hay una parte del asunto que sí da dinero: la propiedad de lo que entregas. En el hilo se sostiene que todo lo que subes a la nube de Microsoft, Google o el proveedor chino de turno deja de ser tuyo, y que con los modelos generativos pasa lo mismo con más letra pequeña. Quien mete su tesis en un chatbot para que se la pula está regalando el trabajo. El precedente no es nuevo, se recuerda en el debate: las cuentas de correo clásicas ya incluían la renuncia a la propiedad intelectual de lo enviado.
Y el cuello de botella no es la inteligencia, es el cómputo y la energía. De ahí la pregunta que recorre el hilo: si las grandes empresas manejan capacidades parecidas, dónde queda el negocio. La ventaja tampoco está en publicarla: si el diferencial se hace público, muere antes de cobrarse. La paradoja de Grossman-Stiglitz, la reflexividad y la microestructura de una subasta explican por qué, y el desarrollo completo de ese razonamiento da para una tarde entera que no cabe aquí. De fondo queda el Basilisco de Roko, descrito en el debate como «la apuesta de Pascal para gente que no ha leído a Pascal», un chantaje emocional con pretensiones de teorema.
Del portátil de 30 euros al ajuste hedónico
La deuda de los Estados está en euros, dólares y yuanes, no en «unidades de progreso tecnológico». Que un modelo haga en un minuto lo que antes costaba cien personas no reduce un céntimo de lo que se debe, y puede empeorarlo si destruye la base fiscal que sostiene el pago.
De ahí salen las tres salidas de siempre: hiperinflación, reestructuración y represión financiera. La tercera degeneró en monetización pura, con el BCE comprando su propia deuda. Aun así, de 2008 a 2022 el IPC de consumo no se movió, y cuando lo hizo fue por energía y cuellos de botella de oferta, no por la impresora. El truco que se comió la impresión tiene nombre: ajuste hedónico. Como el portátil de hoy es mejor que el de hace diez años, la estadística dice que su precio ha bajado aunque el ticket siga en 500 euros. La promesa atribuida a Bill Gates del portátil de 30 euros nunca llegó al escaparate.
Catorce años de máquina a todo trapo y el pan sin moverse. Con ese historial, quien prometa que la IA va a licuar la deuda pública a base de productividad está vendiendo algo distinto de lo que dice.