El deseo no se elige: el mito del gay que reacciona a todo cuerpo
Un hombre homosexual no se excita ante el cuerpo de una mujer por el mero hecho de que esté delante, y el papel que adopte en la cama —activo o pasivo— no altera nada de eso. La objeción parece obvia. Aun así, vuelve cada vez que se confunde la orientación sexual con un apetito genérico: si el estímulo es suficientemente evidente, ¿no respondería cualquiera?
No. El deseo tiene mapa, y el mapa no se cambia por insistencia.
¿Se excita un hombre gay con el cuerpo de una mujer?
Quien defiende la tesis del reflejo universal tiene un argumento favorito: muchos hombres homosexuales han mantenido o mantienen relaciones con mujeres, luego un cuerpo femenino no deja indiferente a nadie. De ahí se salta a la conclusión de que la homosexualidad es un gusto momentáneo y de que el rol sexual delata lo que de verdad pide el cuerpo. El salto es largo. Una conducta puntual no define una orientación, igual que comer en un sitio no convierte a nadie en cocinero.
En el extremo más áspero del asunto aparece la etiqueta de manual, la del homosexual como
vicioso insaciable, lanzada sin más prueba que el prejuicio. Y hay una contradicción interna que nadie resuelve: si el apetito fuera tan indiscriminado como se dice, el cuerpo concreto daría igual. No es eso lo que se defiende.
El coito anal no es un formato intercambiable
Frente al mito del apetito universal está la descripción de la experiencia propia, y ahí el relato cambia de tono. Se describe la práctica anal como algo que exige lubricante, que resulta incómodo y que arrastra dudas higiénicas, hasta el punto de que la comparación con lo que ofrece un cuerpo de mujer no se sostiene ni en sensación ni en mecánica. Es un testimonio, no un estudio.
Desmonta igual la fantasía de la pieza que encaja lo mismo en cualquier dirección.
El detalle sitúa la discusión donde toca: en el terreno de la preferencia y del cuerpo propio, no en el de una supuesta prueba de hombría. Nadie tiene que justificar por qué un acto que le resulta incómodo no le apetece.
Cuando el cuerpo de la mujer se convierte en inventario
La tercera capa es la más vieja: el cuerpo femenino troceado y puntuado. Se dictamina que las caderas no sirven, que la forma del glúteo es amorfa, que los hombros femeninos no encajan, que las piernas masculinas no admiten comparación y que, en conjunto, el cuerpo de la mujer está mal hecho frente al del hombre, elevado a canon de belleza. La frase resume el método:
lista de piezas y nota final.
La contradicción llega enseguida. El mismo tipo de intervención que descalifica esa anatomía en bloque se detiene a valorar un detalle muy concreto de ella, o reclama la parte de delante como lo único que merece atención. El cuerpo declarado mal hecho se mira igual: con lupa y por partes. Ahí no hay desinterés, hay
catálogo.
El mapa del deseo no se reescribe con insistencia
El repaso deja una certeza pequeña y tozuda. El deseo no se activa con un inventario anatómico, sino con lo que cae dentro del mapa de cada uno, y ese mapa no se reescribe porque alguien lo exija en una sobremesa. Lo que sí revela la discusión es una manía muy extendida: medir el deseo ajeno con el cuerpo de otro.
Quien no está en el mapa, no está.