Ceuta y Melilla: el debate entre vender, ceder o defender la españolidad
El futuro de Ceuta y Melilla ha vuelto a la primera línea de la discusión pública con una pregunta incómoda: ¿aportan algo a España o son un lastre? La conversación oscila entre quienes proponen venderlas al mejor postor —incluso a cambio de suministro de gas para dos siglos— y quienes advierten de que su condición de ciudades españolas no se negocia. El argumento económico, que suele ocupar el centro, se queda paradójicamente sin cifras.
A favor del desprendimiento se esgrime que su PIB sería desfavorable y que el vínculo real con la metrópoli es débil. Algunos van más allá y plantean una cesión a Jovenlandia con un estatus especial al estilo de Hong Kong con China. La comparación no es casual: implica mantener cierta autonomía política y económica durante un periodo de transición. Hay quien ironiza con ofrecérselas a Elon Musk, una manera de subrayar lo descabellado del debate. En el lado contrario, se defiende que Ceuta y Melilla son tan españolas como Cádiz u Oviedo, y que venderlas por razones de coste abriría la puerta a cuestionar otras regiones con sentimientos periféricos.
Entre medias queda una pregunta sarracena que incomoda: ¿qué ocurre con los descendientes de seis generaciones de ceutíes? El vínculo sentimental no aparece en ningún balance, pero pesa en la decisión. El análisis se atasca exactamente ahí: en la diferencia entre lo que cuesta mantener las ciudades y lo que cuesta abandonar a quienes se sienten españoles sin matices.