El menosprecio al vigilante de seguridad: ¿simple ignorancia o cálculo legal?
Insultar a un vigilante de seguridad en España no es delito. Insultar a un policía, sí. Esa asimetría legal explica en parte por qué un usuario de biblioteca se atrevió a llamar "media placa de mierda" a un vigilante y a decirle que no le temía. La anécdota, compartida en redes, ha reabierto el debate sobre el papel real de estos profesionales.
La diferencia clave está en la consideración de "autoridad". Un policía tiene fe pública: su atestado hace prueba en juicio. Un vigilante, no. Por eso, desafiar a un vigilante carece de consecuencias penales directas, mientras que menospreciar a un agente puede acarrear una condena por atentado o desobediencia. Como señala un análisis recurrente, el poder del policía no está en la porra, sino en el bolígrafo: su capacidad de plasmar una denuncia que el sistema respalda.
Sin embargo, el vigilante no es inofensivo. Lleva porra, grilletes y spray defensivo. En un forcejeo, su capacidad de causar daño es equiparable a la de un policía. ¿De qué sirve saber que no cometes delito si acabas en una sala con un hematoma? La paradoja es que el respeto no debería venir de la ley, sino del peligro real, pero la sociedad tiende a calibrar su miedo en base al estatus legal.
El debate también saca a relucir un matiz incómodo: quien insulta a un policía se expone a la "violencia administrativa" del Estado; quien insulta a un vigilante, a la violencia física directa, sin cobertura institucional. Ambas pueden ser igual de lesivas, pero una se percibe como más grave porque viene de un cuerpo con legitimidad formal.
¿Estamos infravalorando a los vigilantes? Quizá el problema no sea su falta de autoridad, sino la nuestra al confundir impunidad legal con seguridad física. Mientras la ley no equipare sus funciones, el desprecio seguirá siendo gratis en los juzgados, pero caro en la calle.