«Si estudias te irá bien»: 1.300 candidatos para cinco puestos
Casi 1.300 personas se inscribieron para cinco vacantes en una oferta de MediaMarkt. El dato, colgado en un portal de empleo, retrata mejor que cualquier informe la grieta entre el relato y el mercado laboral: cinco puestos, un millar largo de candidatos. La promesa de que
si estudias te irá bien —o, en su versión doméstica, de que trabajando llegarían la pareja, la casa y los hijos— se sostiene cada vez peor sobre esas cifras.
El diagnóstico que se repite no es solo económico. Habla de
paro, de divorcios, de una deuda pública impagable y de un presente incierto que se transmite de padres a hijos. Y de una pregunta incómoda: ¿qué se hizo con el país que prometía que el esfuerzo tenía premio?
¿Quién vendió la promesa del éxito?
No fueron solo los padres. Una parte del análisis señala a la televisión, a las series y a los dibujos animados como correa de transmisión de un guion con tres actos: estudiar, emparejarse, reproducirse.
Propaganda de la felicidad, lo llaman quienes miran atrás con retintín. El símbolo del triunfo era una hipoteca, una boda y dos niños.
La versión opuesta es más dura y también circula: que a nadie le vendieron nada, que el mundo se presentó crudo en casa y que quien se queja simplemente no se ha esforzado. Sobre ese eje —relato impuesto frente a responsabilidad individual— se ordena casi todo lo demás.
¿Cuándo dejó de funcionar el ascensor social?
El corte cronológico se repite con precisión de manual:
de 1958 a 2008, España y buena parte de Occidente vivieron la mayor expansión económica de su historia. Un título, una FP o un oficio bastaban para entrar en la clase media; las crisis duraban dos años y luego se volvía a crecer con fuerza.
Desde
2008 —según este marco— el PIB está plano. No hay sillas nuevas y las que había están ocupadas. Quien entra ahora al mercado laboral no compite por ascender, compite por no caerse, y eso reordena las decisiones vitales: vivienda,
natalidad, pareja. El salario deja de ser un proyecto y pasa a ser una mera supervivencia.
¿Basta el esfuerzo individual para salir del pozo?
Aquí la conversación se enciende. Una corriente sostiene que con 18 o 20 años, cabeza y disciplina —aprender idiomas con aplicaciones gratuitas, sacarse un oficio que pueda ejercerse en cualquier país, formarse en serio— cualquiera puede salir del barrio y de un entorno hostil. El ascensor existiría; lo que faltaría es voluntad.
El reverso: sin demanda de trabajo, el esfuerzo no encuentra rampa. Los casos que se citan son de huida —gente bien formada que emigra— y de embudo, como esa oferta con más de mil candidatos. Se discute además el tipo de carrera: hay grados que no cotizan y oficios manuales que sí, sin que el prestigio académico coincida con la nómina.
El papel de la mujer y la caída de la natalidad
Es el tramo más áspero y el que suele quedar fuera de las conversaciones cómodas. Hay quien sostiene que el cambio en los roles femeninos se hizo sin redefinir las obligaciones masculinas, y que de ahí salen los divorcios. La respuesta es tajante: el modelo anterior implicaba para la mujer una dependencia jurídica y económica sin salida, y para el hombre una exposición al trabajo duro y a la guerra. Se cita, como documento, el
contrato de una maestra de 1923, con cláusulas que hoy resultan impensables.
Nadie discute el dato de fondo: tener hijos dejó de leerse como inversión y se percibe como condena económica. Sobre las causas —cultura, vivienda, salarios— no hay acuerdo posible.
¿Es culpa solo de los políticos?
Se apunta al gasto público, al clientelismo y a la deuda acumulada:
400.000 políticos para 48 millones de habitantes, según el cálculo que circula, con la advertencia de que la factura acabará pagándola quien no la generó. Otros reparten la culpa entre medios de comunicación, sistema educativo y una sociedad que compró el relato sin pedir facturas.
La vía religiosa y la vía tecnológica
Una parte del argumento defiende que la práctica religiosa —minoritaria ya, y sin ventaja social alguna— da un sentido trascendente al sacrificio y cambia la forma de afrontar la precariedad. La objeción es que aquella religiosidad era en buena medida formalismo, y que quien se marchó lo hizo por anquilosada. En paralelo se mira con recelo el progreso tecnológico: no está claro hacia dónde va el trabajo ni qué queda del que existe hoy.
Queda la hipótesis más incómoda: que el problema no es de gestión, sino de época. De final de ciclo. Con el empleo y la vivienda como telón de fondo, la pregunta ya no es quién prometió de más, sino qué se hace cuando el guion se ha roto y nadie ha escrito el siguiente.