Miles de migrantes desbordan Ceuta y piden no ser devueltos
¿Qué hace un país cuando en unas horas le llegan miles de personas que piden quedarse? La respuesta, a la vista de lo ocurrido en Ceuta, es un cruce de acusaciones: los taxistas lo llaman invasión, las ONG crisis humanitaria y los políticos locales piden refuerzos. La ciudad ha cambiado de aspecto en una sola jornada: calles llenas de jóvenes descalzos, playas convertidas en campamento improvisado y una feria de verano en el horizonte.
Expulsión inmediata o garantías jurídicas
Hay quien sostiene que el problema se resuelve con devoluciones masivas, sin más trámite. El argumento, expuesto con crudeza, es que los migrantes deben volver a su país y que el Estado no tiene por qué hacerse cargo. Enfrente, otra corriente recuerda que la legislación española y europea exige procedimientos individualizados, y que las expulsiones en caliente pueden acabar en los tribunales de Estrasburgo. El propio gobierno se enfrenta a la contradicción de aplicar una política de frontera dura mientras presume de cumplir la ley.
El “buenismo” como arma arrojadiza
La palabra “buenismo” se ha convertido en el comodín de quienes desprecian cualquier intento de gestión humanitaria. Se describe como una actitud ingenua que evita decisiones firmes. Pero usar el término no resuelve el problema de fondo: qué hacer con personas que no pueden ser devueltas automáticamente y que reclaman condición de refugiados. La ironía es que mientras unos piden mano dura, otros señalan que la verdadera crisis es la falta de un plan de acogida digno.
Mientras los políticos calculan el coste electoral, en Ceuta el verano empieza con el espigón como frontera y sin un plan que vaya más allá de la indignación. La dignidad, como siempre, queda para el discurso.