Santander sin coche y sin arruinarse: lo que los folletos no cuentan
Este verano, Santander vuelve a ser uno de los destinos costeros más buscados. Pero con hoteles a 2.000€ la semana y un centro turístico cada vez más saturado, muchos visitantes se preguntan si la ciudad cántabra sigue siendo un destino asequible. La respuesta, según quienes la conocen bien, es que sí, pero con truco: hay que moverse sin coche, evitar las zonas más masificadas y saber dónde comer.
¿Se puede ver Santander a pie?
Quienes han recorrido la ciudad sin vehículo aseguran que es perfectamente viable. El alojamiento en Puertochico permite acceder andando a los principales atractivos: el paseo de la Magdalena, los jardines de Pereda, el Museo Botín y el funicular que sube a General Dávila. Desde allí, una caminata de 150 metros lleva al bar Mimosa, famoso por sus tortillas. La clave está en combinar trayectos a pie con las líneas de autobús urbano –la 18 y la 15– que conectan con las playas del norte como La Maruca y el faro de Cabo Mayor. Una ruta muy recomendada es la que bordea la costa desde el Sardinero hasta el faro, pasando por Mataleñas y el antiguo campo de tiro.
De tapas sin hipotecarse
El reclamo gastronómico más repetido son las rabas, calamares rebozados típicos de la zona. Se pueden encontrar en locales como el Barrio Pesquero o El Tronky, en La Pedreñera. Para comer de menú económico, el restaurante Fuente de, muy cerca de Puertochico, es un clásico entre los residentes. También se cita el Conde Luna, en Cueto, y la opción de tapear en el mercado de La Esperanza, donde los puestos de pescado son un espectáculo en sí mismos. Un dato curioso: el bar del faro, con decoración que antaño se tildaba de «franquista», se ha moderado y ahora ofrece un atardecer espectacular con tapas correctas a precios lógicos.
El turismo masivo también llega a Santander
No todo son alabanzas. El incremento de visitantes se nota en la zona del Arrabal y Cañadio, convertidas en un hervidero nocturno que algunos vecinos consideran insoportable. «Miles de personas, murmullo constante», describe un residente. La proliferación de terrazas y ocio nocturno ha desplazado el ambiente tradicional. Además, quien busca hoteles de cuatro estrellas se encuentra con tarifas de 2.000 euros semanales, lo que ha llevado a más de uno a renunciar a las vacaciones cántabras. «Ni que fuera Mónaco», se quejan.
Alternativas naturales sin coche
Para quienes quieran naturaleza sin vehículo, el Parque de las Dunas de Liencres es accesible en autobús, aunque conviene llegar temprano para aparcar –si se lleva coche– o para encontrar un buen sitio en la playa de Valdearenas. La zona dunar, sin embargo, genera controversia por los usos que algunos hacen de ella, algo que ha llevado incluso a plantear medidas de control. Más tranquilas son las rutas costeras desde La Maruca al faro, o la subida al Panteón del Inglés, un mirador sobre el acantilado. Para los más madrugadores, el bus 18 deja a 200 metros del paseo.
El debate refleja una tensión real: Santander sigue siendo una ciudad con encanto, pero el turismo masivo y los precios pueden frustrar la experiencia si no se tienen contactos locales. La conclusión de los que mejor la conocen es que, con pies dispuestos y cartera vigilante, la capital cántabra sigue valiendo la pena. Al menos mientras el funicular siga funcionando y las rabas estén a tiro de paso.