San Pablo alquila su cúpula: cuando la fe ya no paga las facturas
¿Cuánto cuesta mantener en pie una catedral de 300 años, con su cúpula, su órgano y las tumbas de media historia británica? En Londres han empezado a responder con un contrato. La Catedral de San Pablo ha firmado una alianza de cuatro años con la discoteca Fabric —hasta 2030— para acoger conciertos de DJ y música contemporánea dentro del templo anglicano. El primer evento fue el 29 de octubre. La pregunta que sobrevuela —¿se puede alquilar lo sagrado sin profanarlo?— tiene hoy dos respuestas que no se hablan entre sí.
Qué dice exactamente el contrato con Fabric
El acuerdo convierte a Fabric, una de las salas de música electrónica más conocidas de la ciudad, en socio estable del templo durante cuatro años. San Pablo no lo esconde: desde la catedral se argumenta que estos eventos «muestran talento de talla mundial» y «crean experiencias inolvidables» para atraer nuevos visitantes. Sandra Lynes Timbrell, responsable de participación de visitantes del templo, defiende que la colaboración invita a «descubrir el edificio de maneras nuevas». El cofundador de Fabric, Cameron Leslie, habla de «una unión extraordinaria e inesperada entre dos entidades muy diferentes». Traducción: un negocio.
Por qué una catedral termina alquilándose a una discoteca
Aquí está la parte económica que nadie quiere poner en el titular. Mantener un edificio del siglo XVIII en el centro de Londres cuesta una fortuna: restauración, seguridad, personal, seguros. La Iglesia de Inglaterra lleva años con la asistencia a la baja y con un patrimonio monumental que se come cualquier presupuesto. El diagnóstico que circula —y que estos conciertos vienen a confirmar sin decirlo— es que el anglicanismo no agoniza solo por falta de fe, sino por falta de caja. Cuando la colecta no llega, entran las entradas, el merchandising y, ahora, los DJs. La catedral, que fue el edificio más alto de la capital hasta 1963, con 111 metros, necesita pagar esa altura todos los años.
De Wren al Gran Incendio: qué es San Pablo y qué no
Conviene precisar, porque la polémica mezcla dos templos distintos. El San Pablo actual es de finales del siglo XVII y principios del XVIII, obra de Christopher Wren, levantado tras el Gran Incendio de Londres. La catedral gótica anterior —la que muchos imaginan al oír el nombre— es la que ardió. El templo fue católico antes de la Reforma del siglo XVI y pasó al bando anglicano con Enrique VIII. Bajo su cúpula están los restos del almirante Horacio Nelson, y por allí han pasado funerales de Estado, bodas reales y el funeral de Margaret Thatcher. Es, en resumen, un monumento antes que una parroquia.
El pulso: reverencia contra taquilla
Sobre esto hay dos corrientes claras. Una sostiene que usar un templo para una rave es una decadencia espiritual, el equivalente cultural de vender los muebles para pagar la hipoteca; quien lo permite, se argumenta, no lo hace por fe sino por caja. Otra responde que un edificio vivo es un edificio que se usa, y que preferible un San Pablo con público que un museo vacío y sin calefacción. Entre medias queda el matiz que casi nadie quiere oír: para media Europa, San Pablo ya era primero un monumento y después una iglesia, y quien paga la entrada muchas veces no entra a rezar. El contrato llega hasta 2030. Para entonces, o San Pablo ha rejuvenecido su público entre las lápidas, o habrá sido un capítulo más de la vieja pelea entre lo que un edificio fue y la caja que necesita para seguir siendo algo.