El fin del reinado de la comida rápida: por qué cierran las franquicias en EE.UU.
Un franquiciado de Burger King invierte un millón de euros, paga 6.000 euros de alquiler al mes, y le quedan tres euros por ticket después de producto y personal. Ese margen se lo come la inflación. La ecuación no sale. En EE.UU., el cierre de locales de comida rápida se ha acelerado en los últimos meses, y las razones van mucho más allá de una simple saturación del mercado.
Costes insostenibles en un entorno inflacionario
Montar una franquicia de Burger King cuesta alrededor de un millón de euros, entre canon de entrada, reformas y equipamiento. A eso se suma un alquiler mensual que en una ubicación comercial o centro comercial rara vez baja de 6.000 euros. Con un ticket medio de 10 euros (unos 9 euros netos tras IVA), el reparto típico es: 3 euros para el producto, 3 para personal, y apenas 3 para cubrir local, operatividad y beneficio. Cualquier subida de costes —energía, materias primas, salarios— descuadra ese frágil equilibrio. Los royalties que exige la matriz (en torno al 5-6% de las ventas) terminan de ahogar al franquiciado. La inflación ha encarecido todo, pero los salarios de la clientela objetivo —familias de rentas medias y bajas— no han subido al mismo ritmo.
El ecosistema que sostenía el negocio ha cambiado
El modelo clásico de comida rápida estaba diseñado para un mundo con oficinas llenas, centros comerciales masivos, cines a rebosar y adolescentes con dinero de bolsillo. Ese mundo se ha desvanecido. El teletrabajo ha vaciado los distritos de negocios y reducido el tráfico de oficinistas que comían fuera. Los cines cierran pronto (la última cena en muchas ciudades se sirve a las 10:30 p.m.), y los jóvenes de hoy, más volcados en las pantallas y el delivery, frecuentan menos los establecimientos físicos. Además, la competencia se ha multiplicado: ya no son solo McDonald's y Burger King, sino cientos de cadenas, franquicias de sushi, poke bowls, kebabs y alternativas que se perciben como más saludables.
La trampa del negocio anticíclico que ya no funciona
Históricamente, la comida rápida se consideraba un negocio anticíclico: en crisis, la gente que no podía ir a restaurantes caros se refugiaba en el menú de 10 euros. Eso ocurrió en 2008, pero esta vez es distinto. Porque la inflación ha subido los precios de esos menús hasta 12-13 euros, lo que ya no es tan barato comparado con un menú de restaurante de dos platos con vino. Una familia con dos descendientes se gasta 60 euros en una cena de comida rápida que en media hora se ha acabado. Muchos optan por cocinar en casa: una hamburguesa de calidad sale más barata que el combo de una cadena. El diferencial de precio se ha estrechado hasta anular la ventaja competitiva.
Sobreoferta y cambio demográfico
Hay quienes apuntan a una sobreoferta pura y dura: en los años 90 y 2000, una ciudad pequeña tenía una o dos cadenas de comida rápida; ahora hay decenas compitiendo por el mismo bolsillo. La base de clientes no crece al mismo ritmo que la oferta. A eso se suma un cambio demográfico: la natalidad en EE.UU. lleva décadas cayendo, y los nuevos consumidores jóvenes pertenecen a grupos culturales que no están tan ligados a la cultura occidental del fast food. Los kebabs y otras opciones ganan terreno.
El resultado: cierres en cadena. Se estima que en todo el país se cierran más de 1.000 locales al año. Ni siquiera el McAuto, que fue un salvavidas en la esa época en el 2020 de la que yo le hablo, se libra. Testigos presenciales describen colas fantasma. Mientras tanto, la matriz de las franquicias sigue ganando: el negocio real es el inmobiliario y los royalties, no la operación de los restaurantes. Quien pone el dinero —y el trabajo— es el franquiciado, cada vez más atrapado en una trampa financiera.