De 1,80€ a 10€: el saco de patatas que se dispara
Hace cinco o seis años, en fruterías de barrios obreros de Madrid, un saco de 10 kilos de patatas se compraba por
1,80€ en los mejores momentos y rondaba los 2,5€ y 3€ con normalidad, según relata un forero. Hoy, ese mismo saco no baja de 8€, y en algunos comercios se acerca a los 10€, siempre según su testimonio. La patata, ese alimento básico que durante décadas fue el último refugio del presupuesto familiar, se ha convertido en un termómetro incómodo de la inflación real. El dato oficial dice que los precios suben en torno al 3%; la cesta de la compra dice otra cosa.
El precio de la patata que no cuadra con el IPC
La comparación es sencilla y demoledora. Un saco de 10 kilos que costaba 1,80€ en 2019 hoy cuesta 10€. Eso es multiplicar por más de cinco el precio en menos de un lustro. En términos de kilo, se ha pasado de pagar 18 céntimos a pagar entre 80 céntimos y un euro. Y en supermercados de barrio, el kilo suelto se encuentra a 1,20€, 3€ o incluso más, según el comercio y la ciudad.
Hay quien sostiene que esos precios de 1,80€ por 10 kilos eran una anomalía, una oferta puntual de fruterías regentadas por comerciantes latinoamericanos en zonas como Aluche o Camarena, fuera de los circuitos habituales. Otros recuerdan haber comprado sacos de 5 kilos por un euro en su época de estudiante, con la idea de ahorrar para cerveza. La discusión no es si aquellos precios existieron, sino por qué hoy resultan imposibles.
La respuesta oficial apunta a la sequía, los costes energéticos y la guerra. La respuesta que da la calle es más simple:
alguien está ganando mucho dinero por el camino. Entre el agricultor que cobra 20 céntimos por kilo y el consumidor que paga 3€ hay una cadena de intermediarios, transporte, almacenamiento y márgenes que multiplica el precio sin que el productor vea un euro extra.
Del campo a la mesa: quién se queda el dinero
El productor de patata cobra hoy entre 20 y 40 céntimos por kilo, según varios testimonios. Ese mismo kilo llega al supermercado a 1,20€, 2€ o 3€. La diferencia se reparte entre intermediarios, distribuidores y comercios. Cuando un agricultor intenta vender directamente al consumidor, el precio no baja: se queda en la franja alta del supermercado.
El intermediario no es el único que infla el precio; el productor también quiere su margen.
La paradoja es que España es uno de los mayores productores de patata de Europa. Una hectárea puede dar 50.000 o 60.000 kilos, un rendimiento que solo la remolacha iguala. Con esos números, el precio debería ser bajo. Pero no lo es. La explicación que circula es que el mercado está intervenido, que las grandes superficies imponen condiciones y que el pequeño productor no tiene capacidad de negociación.
Algunos cálculos que circulan por el sector van más allá: si la alimentación costara cuatro veces más de lo que cuesta, los pequeños productores locales podrían competir con la gran industria agroalimentaria, aumentarían sus ventas y la gente dejaría de gastar en cosas superfluas para poder comer. Es una tesis radical, pero conecta con una sensación extendida:
la comida debería ser más cara y el resto, más barato.
La vivienda como espejo de la patata
La comparación con la vivienda es inevitable. Hace treinta años, una hectárea de patatas producía 50.000 o 60.000 kilos que, vendidos a 200 pesetas el kilo, permitían comprar un piso nuevo en Logroño de 12 a 15 millones de pesetas, según un cálculo que circula. Hoy, esos mismos 60.000 kilos a 1,30€ el kilo dan justo para un piso viejo y deslomado para renovar. La patata no solo ha subido: ha cambiado de función. Ya no es un alimento barato, es un indicador de cuánto se ha empobrecido el salario.
El cálculo que manejan algunos es que un asalariado, incluido un funcionario, ha perdido un 50% de poder adquisitivo en los últimos treinta años en lo referente a la cesta de la compra. La vivienda, la energía y la alimentación han subido muy por encima de los salarios. El resultado es una clase media que compra menos, cocina más en casa y mira el precio de la patata como quien mira el Euríbor.
El relato oficial y la cesta de la compra
La inflación oficial ronda el 3%, un dato que el Gobierno presenta como prueba de que la economía va como un cohete. Pero la cesta de la compra no sube un 3%: sube un 300% en algunos productos básicos. La electricidad, que hace años provocaba campañas de emergencia energética con subidas del 3%, hoy sube sin que nadie convoque ruedas de prensa. La patata, el pan, la leche y el aceite se han convertido en el termómetro real de la economía doméstica.
Hay quien señala que si no hubiera un Gobierno socialista, las televisiones estarían informando 24 horas sobre el problema de los precios. Otros responden que el problema es estructural: la impresión de dinero, el gasto público y una economía que depende del turismo y los servicios. La discusión se encona cuando se menciona la Agenda 2030 o la inmigración, pero el dato de la patata sigue ahí, incómodo para todos.
¿Por qué el precio de la patata se ha multiplicado por cinco?
La respuesta corta es que confluyen varios factores: costes de producción más altos, sequía, energía más cara y una cadena de distribución que se lleva la mayor parte del precio final. La respuesta larga incluye la especulación, la concentración de la distribución y la pérdida de peso del pequeño comercio. Lo que no cuadra es que España sea un país productor y la patata se haya convertido en un producto casi de lujo.
El debate sigue abierto. Unos piden intervenir el mercado, otros culpan al Gobierno y otros señalan a los intermediarios. Mientras tanto, el consumidor paga. Y el saco de 10 kilos, que un día costó 1,80€, hoy cuesta 10€.
La patata no engaña.