Dos mellizas rusas de 12 años mueren en Oviedo y se investiga el acoso
La Policía Nacional investiga si las dos mellizas rusas de 12 años fallecidas en Oviedo tras precipitarse desde la ventana de su edificio sufrían
acoso escolar. En la primera inspección del lugar los agentes no encontraron ninguna carta de despedida y la hipótesis principal que manejan apunta a un suicidio. La directora del colegio de La Ería y los tutores de las menores serán citados a declarar en comisaría para aclarar la situación de las niñas en el recinto.
La familia salió de Rusia y se instaló en Asturias hace unos cinco años. El padre hace gala en redes sociales de su activismo en favor de los opositores a Vladímir Putin. Ese detalle, que en principio no debería tener relación alguna con la muerte de dos crías, acabó convertido en el eje de casi todo lo que se escribió después.
Qué se sabe del caso de las mellizas rusas de Oviedo
Los elementos confirmados caben en pocas líneas. Dos niñas de
12 años, mellizas, caen por la ventana de su edificio un viernes. No hay nota de despedida. La línea de trabajo policial que gana peso es el hostigamiento en el aula. Todo lo que vaya más allá de eso, en un sentido o en el otro, es interpretación, y conviene tratarlo como tal.
La llamada al colegio tiene su lógica: si la hipótesis es el acoso, quienes dirigen el centro son los que mejor pueden describir el día a día de las menores. De ahí que dirección y tutores pasen por comisaría. Según lo publicado por
Vozpópuli, la investigación sigue abierta y ninguna de esas comparecencias equivale a una imputación.
A partir de ahí, el asunto dejó de ser una tragedia familiar y se convirtió en un campo de batalla.
¿Sufrieron rusofobia las niñas en el colegio?
Es la pregunta que abrió el caso y también la que nadie ha cerrado. Circulan versiones que apuntan a comentarios hostiles en el aula por el origen ruso de las menores. Una información de
La Vanguardia recogía el testimonio de que unas amigas de clase les habrían dicho a las menores «los rusos sois muy malos, estáis matando a gente». Si esos episodios existieron y con qué intensidad es, precisamente, lo que la policía intenta determinar.
En el otro lado hay quien sostiene lo contrario con idéntica seguridad. Una persona que dice conocer a la familia y al hermano pequeño asegura que ni hubo rusofobia ni nada parecido, y recuerda que los padres son opositores al Kremlin: señalar a sus hijas por
prorrusas no tendría ningún sentido. El argumento se apoya en la lógica más que en pruebas, y resulta tan difícil de rebatir como de confirmar.
Y queda la evidencia anecdótica, la que no se puede auditar. Hay relatos de residentes rusos en España que describen un goteo de incidentes en centros escolares y de niños señalados por la nacionalidad de sus padres. No existe estadística oficial que los mida. Esa ausencia, en sí misma, forma parte del problema.
Por qué se publicó la ideología política del padre
Aquí el acuerdo es más amplio de lo habitual. Un medio deportivo rescató el activismo anti-Putin del progenitor y fotografías de sus perfiles sociales apenas unas horas después del suceso. ¿Qué aporta la filiación política de un padre al relato de la muerte de sus hijas? Poco o nada, y bastante daño.
El reproche no es menor. Si el padre hubiera sido afín al Kremlin, ¿la muerte de las niñas habría dolido menos? La pregunta circula con retintín y sin buena respuesta. Publicar esas simpatías convierte un duelo en una pieza de encaje ideológico, y hay quien ve ahí la prueba de cómo se fabrica el marco antes de que los hechos estén claros.
Conviene precisar que las imágenes y perfiles citados procedían de redes sociales de acceso público, y que en el propio debate se apuntó que esos perfiles podrían no corresponder al padre de las menores.
El doble rasero que señalan varios análisis
La conversación derivó hacia el clima de los últimos años en las aulas. Se recuerdan episodios de profesores enfrentados a alumnos por las mascarillas, familias señaladas por no vacunar a sus hijos y críos hostigados por la profesión de sus padres. Son testimonios, no expedientes, pero dibujan un patrón incómodo: el colegio como correa de transmisión de la bronca política adulta.
La comparación que más se repite es la catalana, con el acoso a hijos de guardias civiles y policías nacionales tras el 1-O, tolerado, se sostiene, por las autoridades educativas. Puestos a exigir responsabilidades, el foco debería estar en el sistema que permite que un niño pague el precio de la opinión de sus padres, venga de donde venga.
Nadie ha demostrado que ese mecanismo explique este caso concreto. Lo que sí queda claro es que la hipótesis resulta verosímil para mucha gente, y eso dice algo del ambiente. El detalle completo de cómo se articula ese señalamiento cotidiano —quién lo ejerce, con qué palabras, ante quién— es lo que menos se ha contado.
El trasfondo: una guerra que se libra también en los patios
Desde el inicio de la invasión, la comunidad rusa en España vive una situación ambigua. Hay quien denuncia trabas administrativas, aislamiento social y una sospecha difusa que no distingue entre un ciudadano y su gobierno. La diferencia entre rusos y prorrusos es fácil de trazar sobre el papel y muy difícil en el patio de un colegio, donde un niño solo es el niño que habla raro.
También se señala a los medios y al discurso institucional como origen de ese clima. Una campaña sostenida de hostilidad hacia todo lo ruso, se argumenta, acaba filtrándose en las conversaciones de recreo. Es una hipótesis razonable y complicada de cuantificar: no hay series de datos sobre insultos en patios escolares segmentadas por nacionalidad.
En qué punto está la investigación
El caso sigue en manos de la Policía Nacional. Las declaraciones de la dirección del colegio y de los tutores en comisaría son el siguiente paso conocido. No hay conclusiones, no hay imputaciones y no hay una carta que explique nada.
Con esos mimbres, la pregunta que sobrevuela todo es incómoda: si finalmente se confirma el acoso, ¿quién responde por él? ¿El centro, los compañeros, las familias de los compañeros, los medios que llevan meses alimentando el relato, o nadie? De momento, la respuesta es nadie.