Ferraz, noche 19: 2.000 personas y el frío como coartada
La decimonovena noche consecutiva de concentraciones frente a la sede socialista de Ferraz dejó una cifra que escuece a los convocados: en torno a
2.000 personas, según el recuento que manejan los propios asistentes. Menos que cualquier noche anterior, según uno de los participantes. Y el termómetro, que rondaba el frío moderado de otoño, sirvió de coartada perfecta para explicar el desplome, según el diagnóstico de los concentrados. La protesta contra el pacto de investidura y lo que sus críticos llaman el «golpe» de Sánchez entra en su tercera semana con la moral intacta pero las piernas cansadas.
¿Por qué la noche 19 fue la más floja de Ferraz?
El diagnóstico más repetido entre los concentrados no es político, es meteorológico. Hacía frío en Madrid, sí, pero un frío moderado de otoño, de los que se combaten con un gorro y un pantalón de invierno. El problema, sostiene una parte de los asistentes, es que la sociedad está «
superamariconada»: las estaciones de bicicletas públicas llenas, todo el mundo en el metro calentito, y a la intemperie apenas un puñado de valientes. La conclusión que sacan es amarga: esta sociedad está más allá que dormida.
Hay quien añade otro factor. La lluvia, cuando llegue, acabará de rematar la asistencia. «La noche que llueva se acaba la historia», resume uno de los mensajes. La resistencia numérica de Ferraz depende, literalmente, del parte meteorológico.
El pulso con la Policía y las calles cortadas
La otra batalla es logística. Las autoridades han vuelto a cerrar Ferraz al tráfico, y los convocados leen ese gesto como una señal: el experimento de la noche anterior no dio el resultado esperado. Las identificaciones, las sanciones y los cortes de calle se han convertido en el paisaje habitual de la protesta, según los asistentes. Un mensaje lo resume con sorna: «
prefiero que me rompan las piernas a vivir como un esclavo del socialismo».
La convocatoria se sostiene sobre una mezcla de convicción y rutina. Hay quien propone organizarse por turnos —unos miles los lunes, otros los martes, y así hasta el fin de semana— para no agotar a los mismos de siempre. La idea no ha cuajado. La protesta sigue siendo un goteo diario que se sostiene por inercia y por cabreo.
El chino franquista y el resto del repertorio
Entre los asistentes habituales se ha hecho un hueco un personaje que ya forma parte del folclore de Ferraz: un ciudadano chino que se manifiesta contra el «golpe» y que arenga con frases como «España necesita una revolución nacional para acabar con el comunismo». Su presencia ha sido recogida por medios y por cuentas de redes sociales, y ha generado un curioso subdebate: hay quien bromea con mandar a los progres españoles a China y traerse a cambio a unos cuantos como este.
El repertorio de consignas incluye también los cánticos clásicos contra el Gobierno y contra el pacto con los independentistas. La pancarta, los gritos y la procesión nocturna se repiten con pocas variaciones. Lo nuevo es la sensación de que el impulso inicial se está apagando.
El agravio catalán y el dinero público
El trasfondo económico sigue siendo el combustible de la protesta. Circulan datos sobre el agravio del pacto de investidura: se afirma que Cataluña recibiría un
120% más per cápita que la media española, una cifra que los convocados esgrimen como prueba del trato de favor. La pregunta que planea es incómoda: ¿quién paga los autocares y los bocadillos de las concentraciones? La respuesta que se da en la calle es que los partidos se financian con impuestos, así que el dinero público está detrás de todo.
La discusión deriva hacia terrenos más amplios. Hay quien pide dejar de invocar a potencias extranjeras para que vengan a salvarnos, con el recuerdo de Fernando VII y de la Guerra Civil como advertencia. Y hay quien responde que los derechos que se dicen defender son precisamente los que ciertos partidos llevan años amenazando con recortar.
¿Qué pasa con la Policía y con los que no van?
La relación con las fuerzas de seguridad es otro frente abierto. Una parte de los concentrados sostiene que los agentes están siendo utilizados para servir a agendas políticas y no para proteger al ciudadano, y que si abrieran un poco los ojos se unirían a la protesta. Otros van más lejos y hablan de «polis llorones». La mayoría, sin embargo, se limita a aguantar las identificaciones y a seguir.
El reproche más duro no va contra el Gobierno, sino contra los ausentes. «No habéis ido ni un puto día, cobardes», espeta un mensaje. La acusación de cobardía a los que se quedan en casa es, quizá, el síntoma más claro de que la convocatoria necesita reclutas y no los encuentra.
Con estos mimbres, la predicción es arriesgada. Si el frío aprieta y la lluvia hace acto de presencia, Ferraz puede quedarse en un testimonio simbólico. Si el pacto de investidura sigue adelante y el agravio catalán se confirma en las cuentas, es posible que el goteo se recomponga. Nadie en la calle se atreve a apostar por ninguna de las dos cosas.