El legado económico de Breivik 15 años después
El 22 de julio de 2011, Anders Behring Breivik asesinó a 77 personas en un doble atentado en Oslo y la isla de Utøya. Su objetivo: el Partido Laborista noruego y la juventud socialdemócrata. 15 años después, el debate sobre el coste económico de su ideología sigue abierto.
La policía noruega (PST) alertó en 2024 de que los ataques de Breivik se han convertido en fuente de inspiración para extremistas de derechas. Esto no solo tiene consecuencias en seguridad, sino también en la economía: el gasto en contraterrorismo en Noruega se ha disparado, y el discurso antiinmigración que él defendía ha permeado en partidos que hoy condicionan políticas fiscales y laborales.
El precio de la radicalización
Según el PST, en la mayoría de los casos de extremismo de derechas en Noruega se menciona a Breivik. El coste de monitorizar y prevenir células radicales, sumado a la polarización política, afecta a la inversión extranjera y al clima social. Algunos analistas señalan que el temor a atentados ha endurecido los controles migratorios, lo que reduce la mano de obra disponible en sectores clave.
Del atentado a la política económica
Breivik justificaba su violencia por la "invasión" de inmigrantes musulmanes. Este argumento, aunque falsario, ha sido adoptado por formaciones ultraderechistas que piden políticas de cierre fronterizo y reducción del gasto social. En Noruega, el Partido del Progreso, de corte populista, ha capitalizado ese discurso. El resultado: un debate económico que enfrenta la necesidad de inmigración cualificada con las tesis identitarias.
La paradoja final: Breivik atacó a la socialdemocracia, pero su legado político impulsa recortes que debilitan el mismo estado del bienestar que él detestaba. Mientras, el número de muertos –77– sigue siendo la cifra que ningún análisis económico termina de encajar en los balances de la seguridad.