La Hispanidad como bloque de 700 millones que nadie convoca
El 12 de octubre ya no es una fiesta nacional: es un campo de batalla. Lo que durante décadas fue desfile y bandera se ha convertido en una fecha que una parte del país directamente no celebra —cae en domingo, ironizan algunos— y que otra utiliza para reabrir la herida colonial. En medio, un dato que descoloca a propios y extraños: si España, Hispanoamérica y Filipinas se contaran como una sola entidad, sumarían
más de 700 millones de habitantes, el tercer bloque poblacional del planeta por detrás de India y China, según un cálculo que circula en foros. Nadie lo gobierna. Nadie lo representa. Y sin embargo, la cifra se usa como argumento en ambos bandos.
La fecha se ha convertido en un termómetro de la tensión migratoria y del choque de relatos sobre la conquista. Lo que antes era un desfile institucional hoy es un pulso entre quienes reivindican la resistencia indígena y quienes sostienen que la hispanidad es un proyecto civilizatorio. El resultado:
un día que no une a nadie.
Qué se celebra el 12 de octubre y por qué ya no es una fiesta unánime
La jornada conmemora la llegada de Colón a América en 1492, pero su lectura se ha partido en dos. Hay quien la vive como el inicio de un genocidio, el saqueo y la esclavitud de los pueblos originarios, y quien la defiende como el arranque de una comunidad transatlántica de naciones. Entre ambos relatos no hay puente.
El malestar no es solo histórico. La fecha coincide con un debate migratorio muy caliente en España, y eso la contamina. Lo que en teoría es una conmemoración se convierte en excusa para hablar de otra cosa: de quién llega, de quién se queda, de quién manda. La discusión sobre la conquista es, en realidad,
una discusión sobre el presente.
El argumento demográfico: 700 millones que nadie convoca
El dato más repetido en los análisis que circulan estos días es el del peso poblacional. Sumando España, Hispanoamérica y Filipinas, la hipotética Hispanidad superaría los 700 millones de habitantes, lo que la situaría como tercera potencia demográfica mundial, por detrás de India (en torno a 1.450-1.470 millones) y China (aproximadamente 1.415-1.420 millones), según un cálculo que circula en foros.
Es una cifra que impresiona y que no significa nada en términos políticos. No hay instituciones comunes, no hay proyecto compartido, no hay coordinación económica. El bloque existe en las estadísticas y en los discursos, no en la realidad. Quienes lo invocan lo hacen para reclamar un lugar en el mundo; quienes lo ridiculizan señalan que
una suma de poblaciones no es una comunidad.
El choque de relatos: resistencia indígena frente a hispanidad
La fractura se expresa en dos consignas que no se escuchan entre sí. Por un lado, la reivindicación de la resistencia indígena: América no fue descubierta sino invadida, saqueada y esclavizada, y lo que se celebra es la lucha de los pueblos originarios por defender su tierra y su cultura. Por otro, la defensa de la hispanidad como obra civilizatoria, con la lengua y la fe como argamasa.
Ninguno de los dos relatos admite matices. El primero convierte la conquista en un crimen sin contexto; el segundo la convierte en una gesta sin víctimas. Y en medio, la mayoría de la gente, que ni desfila ni se manifiesta,
mira para otro lado.
La grieta migratoria que contamina la fecha
El 12 de octubre se ha convertido en una plataforma para el malestar migratorio. Una parte del discurso sostiene que la inmigración latinoamericana supone una pérdida de identidad y una competencia por recursos y espacios públicos; otra parte responde que ese malestar es racismo disfrazado de patriotismo. La fecha, que debería hablar del pasado, se usa para hablar de
quién tiene derecho a estar aquí.
Es el mismo patrón que se repite en otros países europeos: una conmemoración histórica secuestrada por el debate sobre la inmigración. La diferencia es que aquí el pasado colonial está a la vuelta de la esquina, en la lengua, en los apellidos, en la comida. No se puede cerrar la herida porque
sigue abierta.
Qué pasa ahora con la celebración del 12 de octubre
La fecha no va a desaparecer, pero tampoco va a recuperar la unanimidad. Lo más probable es que siga partida: desfiles oficiales por un lado, actos de reivindicación indígena por otro, y una mayoría silenciosa que ve el día como un puente o como una jornada laboral más. El dato de los 700 millones seguirá circulando como arma arrojadiza, sin que nadie sepa muy bien qué hacer con él.
La predicción, con todas las reservas, es que el 12 de octubre se parecerá cada vez más a lo que es hoy:
un día para discutir, no para celebrar. Y eso, en un país que lleva siglos discutiendo sobre sí mismo, tampoco es ninguna novedad.