El debate sobre el voto útil a Abascal en un foro
En un hilo de foro, un participante resume el estado de ánimo de una parte del electorado de derechas que asume el voto como mal menor. El planteamiento de fondo es simple: ante la perspectiva de otros cuatro años de gobierno socialista —o de un ejecutivo de coalición con socios dispares—, una parte del electorado conservador se plantea concentrar el voto en Vox aunque no le convenza. La discusión no es sobre el candidato, es sobre la aritmética.
El voto útil y la resignación como estrategia
El argumento dominante entre quienes defienden esa opción se apoya en una idea repetida: «Si no eliges bando te van a gobernar igual». La abstención, sostienen, no castiga a nadie; simplemente deja el terreno libre. Bajo esa lógica, votar a Vox con «una mano en la nariz y arcadas» —así lo describe uno de los mensajes— sería preferible a otros cuatro u ocho años de lo que llaman el bloque PPSOE. Es una posición incómoda, casi defensiva, que asume que no hay alternativa «mínimamente decente» y que el voto se convierte en un ejercicio de contención más que de convicción.
Frente a eso, otra corriente del análisis rechaza el marco entero. «No se trata de votar ideologías y relatos, se necesitan soluciones al destrozo de un país», resume una intervención que evita pronunciarse sobre siglas. La crítica no es a Vox en particular, sino a la idea de que el sistema de partidos pueda resolver algo. Hay quien directamente propone la abstención masiva y la dimisión en bloque de todos los cargos, con una enumeración de reproches que alcanza a Sánchez, Abascal y Feijóo por igual.
El desencanto transversal que no distingue siglas
Lo llamativo del asunto es que el descontento no se organiza por ideología. Un mismo mensaje despacha al presidente del Gobierno como «psicópata» y al líder de Vox como «vago», y remata al candidato del PP con una referencia al narcotráfico. No hay un bando limpio. La desafección es transversal y eso complica cualquier llamada al voto útil: si todos los candidatos generan rechazo, la consigna de concentrar el voto pierde fuerza.
Aparece también el argumento del exilio interior. «Solo nos queda ya la tierra quemada y el exilio a tierras del este donde aún se puede vivir dignamente trabajando como un burro», escribe alguien que da por hecho que el actual inquilino de La Moncloa intentará perpetuarse «de forma irreversible y definitiva». Es la versión más pesimista del diagnóstico: no se trata de ganar unas elecciones, sino de que el marco ya no permite ganarlas.
La sospecha de fraude y el fantasma del gobierno de coalición
En el terreno de las predicciones, la hipótesis más repetida es que el resultado no dependerá de las urnas. «Id preparando el culo con otros 4 años de PSOE azul. Eso si no acabamos con otro pucherazo del PSOE o gobierno frankenstein», resume una intervención que da por descontado que el PP gobernará con el mismo estilo que el PSOE o que necesitará socios heterogéneos. La desconfianza en el proceso electoral aparece sin desarrollarse, como un lugar común asumido.
El tono general no es de campaña, es de fatiga. La discusión sobre votar a Abascal en masa se sostiene sobre una premisa que nadie discute: que el electorado de derechas no tiene un candidato que le entusiasme. La consigna del titular no pide fe, pide disciplina de voto. Y ahí es donde el análisis se atasca: no hay manera de saber si esa disciplina existe o si el desencanto puede más que la aritmética.