México y el relato que se cuela por la pantalla
Un vídeo de violencia extrema circula por los móviles y reabre una discusión incómoda: qué hay de relato y qué de realidad en la idea de un México secuestrado por el narco. La escena, difundida con advertencia de edad, muestra a un grupo armado y encapuchado y a dos personas sometidas. No hace falta describirla. Basta con decir que quien la ha visto coincide en que el horror ya no admite más inventiva: los cárteles habrían llegado a un techo de crueldad del que solo se puede bajar, no subir.
El primer reflejo es el chiste. Que si el país es comunista y narco a la vez, que si los sacrificios de siempre con tecnología nueva.
Costumbres milenarias, se llega a escribir, medio en broma medio en serio. El humor negro funciona como anestesia, pero deja un poso amargo: la conversación sobre México en España suele empezar por el chiste y terminar en el tópico.
¿Es México un país narco o un Estado con cárteles dentro?
La etiqueta de «Estado fallido» vende titulares, pero no explica nada. Lo que sí aparece en la discusión es la constatación de que la violencia ha dejado de ser un problema de seguridad para convertirse en un espectáculo que se consume desde el sofá. Hay quien apunta que los grupos criminales tienen hasta personal sanitario para alargar la agonía de sus víctimas. Si eso es cierto —y no hay forma de verificarlo desde aquí—, el mensaje no es que sean invencibles, sino que han convertido la crueldad en lenguaje.
Frente a eso, el argumento de que «al menos no gobierna la ultraderecha» suena a consuelo de mal pagador. La comparación política se queda corta cuando el problema es que el Estado no controla amplias zonas del territorio. Y ahí entra el dato incómodo: la corrupción institucional, la impunidad y la connivencia de décadas no se arreglan con un cambio de siglas.
El turismo, el negocio y la anécdota del asador
Entre el morbo y la política, asoma la economía real. Un relato personal describe a un encargado de asador con un pasado oscuro que acabó detenido por la policía. La anécdota sirve para recordar que el dinero del crimen organizado no siempre está en un laboratorio: también pasa por la hostelería, la construcción y el comercio. La tarjeta de crédito de la hermana, dicen, era la que más lo notaba.
Ese es el México que no sale en los vídeos: el de la economía sumergida que se alimenta del miedo. Y el que explica por qué la etiqueta de «país narco» es tan cómoda como falsa. Un país no es su crimen, pero tampoco puede mirar para otro lado mientras el crimen le pone la banda sonora.
Qué queda cuando se apaga la pantalla
El vídeo se compartirá, se comentará y se olvidará. Lo que no se olvida es la pregunta de fondo: ¿cuánto de lo que vemos es excepcional y cuánto es la normalidad de un país que ha aprendido a convivir con el horror? La respuesta no está en un titular. Está en los datos que nadie enseña y en las instituciones que deberían protegerlos.
Mientras tanto, el chiste sigue funcionando. Y eso, quizá, es lo más preocupante de todo.