El 29-N divide a los votantes: abstención o castigo a la izquierda
La pregunta «¿Vas a ir a votar el 29-N?» tiene una respuesta que se está convirtiendo en tendencia:
no. No por indiferencia, sino por cálculo. Una parte del electorado de derechas sostiene que ir a las urnas es
lavarle la cara al PSOE para que vuelva con más fuerza dentro de cuatro años, y que la abstención es la única forma de que la izquierda se cueza en su propio caldo. Otra parte responde con la lógica inversa: quien dice que no hay que votar, en el fondo quiere que siga el actual gobierno.
El argumento abstencionista se despliega como una letanía de escenarios indeseables que, en su lógica, deben ocurrir bajo gobierno socialista para que la factura política la pague quien la genera. Si hay que prescindir de funcionarios, que prescinda la administración del PSOE. Si vuelve a haber invasión, que sea con el PSOE en el poder. Si los mayores no pueden salir a la calle por la inseguridad, que sea con un gobierno socialista. Si el diésel sube a los 3 euros, que lo haga con el PSOE. Si nos meten en la guerra contra Rusia, que sea el PSOE. Si se pierde Ceuta, que sea con el PSOE en la poltrona. La conclusión es siempre la misma: votar a la derecha es
lavarle la cara al adversario.
El voto útil y sus candidatos: Dani, VOX y el «menos malo»
Frente a esa posición, otra corriente sostiene que la abstención es funcional al gobierno actual. Quien diga que no hay que votar, en el fondo quiere que siga el mismo ejecutivo. La discusión se enreda cuando aparece un nombre propio:
Dani. Su posible presentación como candidato basta para que algunos se lo replanteen. La reacción no es entusiasta: se recuerda que fue quien pegaba tortazos a los que iban sin mascarilla, guardaespaldas de Alvise y responsable de llevar la manifestación de Ferraz al metropolitano. El perfil no ilusiona.
La opción de VOX aparece como el único voto que algunos se plantean, y aun así con reservas: «no, excepto que se me hinchen mucho los cojones y me deje timar por VOX», resume una postura que no es entusiasta sino resignada. El argumento de fondo es que da igual que el ajuste venga por la derecha o por la izquierda: el sustituto del actual presidente, al que se identifica por su primera visita a Marruecos, por las placas solares que quitaron olivos y por su retórica patriótica, no genera más confianza que el líder de VOX. Entre los tres perfiles que se barajan, hay quien concluye que el «patriota israelí» es el menos malo.
Por qué algunos votantes se sienten gilipollas yendo a votar
Hay una tercera posición, más visceral que estratégica: la del votante que se siente
gilipollas yendo a votar y prefiere ahorrarse el mal trago de mezclarse con quienes van ufanos con su papeleta. La respuesta no se hace esperar: si ese es el criterio, también debería dejar de cagar, porque es algo que hace toda la gente vulgar. La comparación, replican, no es paralela. El intercambio ilustra el tono de una conversación donde la abstención se defiende tanto por cálculo como por desprecio al ritual.
El resultado es un electorado de derechas que no coincide en la táctica. Unos creen que la abstención acelera el desgaste del gobierno y fuerza un recambio más limpio. Otros temen que la abstención regale cuatro años más al mismo ejecutivo y que el recambio, cuando llegue, herede un país peor. La fecha del 29-N funciona como catalizador de esa división: no hay una posición única, sino tres corrientes que se cruzan y se descalifican entre sí.
La predicción, con reservas: si el electorado de derechas mantiene la abstención como gesto de castigo, el resultado del 29-N podría parecerse más a una encuesta sobre el gobierno que a una elección. Si, por el contrario, el miedo a que siga el mismo ejecutivo pesa más que el asco al ritual, la participación podría repuntar en el último momento. Nadie, ni los más convencidos, se atreve a apostar por cuál de las dos fuerzas ganará esa pulseada interna.