Las invasiones históricas, a la mesa del debate migratorio
El hilo se va a la historia y vuelve a una comida. Palimpsesto pega una lista de las grandes llegadas que ha conocido la península para medirlas con lo que entra ahora y suelta que en un año se recibe más gente que en todo ese pasado junto. No hay enlace ni fuente: son números tecleados. Horas después, el mismo forero cuenta una cena entre amigos.
Qué se ha sabido
Aquí no aparece ninguna estadística oficial. Lo único nuevo son cálculos que van de mensaje en mensaje. La lista de las llegadas antiguas: suevos, vándalos y alanos, en 409, entre
100.000 y 200.000 personas; visigodos, siglos V-VI, mismo orden; conquista islámica de 711,
20.000 y 30.000 en la primera oleada. La romanización queda fuera del recuento porque se acumuló durante siglos y no se deja meter en una cifra. Quesnay añade que ni cartagineses, ni romanos, ni árabes aguantan la comparación. Sharex pone otra fecha al ejercicio: lo más parecido, dice, es
1177 a. C. Y Palimpsesto remata con un dato de andar por casa: habitaciones a
700 euros.
El segundo bloque es una cena. La describe con detalle: él, una pareja rentista, otra de cuarenta y tantos y un trabajador de 48 años. Sale el tema y quedan retratados dos discursos, uno que justifica la llegada y otro que la rechaza. PeterGriffyn, por su parte, fecha el crecimiento:
60 millones de habitantes para 2030, y apunta que el precio de la vivienda es lo que frena a parte de quien quiere venir.
Dónde está la bronca
La pelea de este tramo es entre los que creen que el flujo ya no tiene vuelta y los que creen que hay que elegir de dónde viene. Sharex sostiene que nadie lo va a cambiar y reduce el asunto a la natalidad: una vez que un país se desarrolla, afirma, las mujeres dejan de querer ser madres, y sin esa gente el país colapsa en
25 años. Palimpsesto responde que ese es el argumento de los que llama progreliberales y que no traga con el paquete entero: dice que preferiría
100.000 africanos a 1,5 millones del otro origen. Nadie le discute la proporción.
Toniguada va por otra puerta. Sostiene que si ningún partido revierte esto el país está perdido y pide deportaciones, control de fronteras, contratos en origen, nada de reunificación familiar y ningún acceso a ayudas más allá de la sanidad básica. Es la postura más dura del tramo y nadie la rebate de frente.
La tercera discusión es más pequeña: por qué este país no hace nada. Palimpsesto lo achaca a un complejo de fondo. Frontis pone el cambio en manos de Europa. DrDolores le da la razón. Frontis vuelve para matizarlo:
salvo crisis gorda, dice, y después llegará el euro digital y más control. Quesnay responde que ahí está el germen de una guerra. Cimbrel habla de una sociedad paralela que se está formando al margen, y Chimpu lo simplifica con oferta y demanda.
La cena que retrata al personal
Palimpsesto cuenta una comida de esta semana. Él, una pareja rentista que a la vez critica a los musulmanes, otra pareja de cuarenta y tantos y un trabajador de 48 años. Sale el tema de la inmigración. Las mujeres, dice, callan. El rentista suelta las frases de siempre: que haríamos sin ellos, que ellos no tienen la culpa, que vivimos en un mundo capitalista, que nosotros también emigramos. El trabajador no dice nada. Y los dos hombres coinciden en un comentario sobre mujeres latinoamericanas que él reproduce. La anécdota sirve para dos cosas: para decir que el discurso de la necesidad no lo sostiene ni quien se beneficia, y para colocar la conversación en cualquier mesa. No me creo nada contesta con otra lectura: a lo mejor lo que hay es el nacimiento de una nación nueva, más lista que la que muere, y recuerda que el voto de la anterior fue lo que trajo a millones.
Qué cambia respecto a antes
Del mapa de población se ha dejado de hablar. El eje se mueve a la historia y a la vida cotidiana. Entra un tema que antes no estaba: la natalidad como causa y no la inmigración como efecto. Y entra, por primera vez, la vivienda como motivo para no venir, no solo como consecuencia de los que llegan.
Entra también el desencanto con lo que se puede hacer desde dentro. Si Europa no empuja, la conclusión de varios es que esto no lo para nadie. Frontis se aferra a la crisis como única palanca. Quesnay responde que quedan muchos más y que van a seguir llegando.
El tramo se cierra sin acuerdo y con ganas de cerrar el foro.
Podemos cerrar burbuja ya, escribe Palimpsesto. Pepinox lo lleva a otro tono: no todos los siglos se puede ver en directo el ocaso de una nación. Mongolo471 avisa de que los puentes están a rebosar y se pregunta dónde va a vivir la gente. Nadie responde a eso.