Brunschweiger pide menos natalidad occidental y fronteras abiertas
Verena Brunschweiger no reclama a la humanidad que traiga menos niños al mundo. Reclama que los traigan menos unos en concreto. La autora alemana, nacida en Passau en 1980, sostiene que las poblaciones occidentales cargan con una deuda moral por el cambio climático y que, en consecuencia, deben reducir su número y abrir las puertas a la
inmigración. Lo defendió en una entrevista con el medio australiano
news.com.au: «Hemos arruinado el mundo». La frase ha encendido la polémica y ha vuelto a poner el foco sobre un currículum que se vende mejor de lo que es.
Qué defiende exactamente Brunschweiger
Se presenta como feminista radical y activista
childfree, sin hijos por convicción. Su manifiesto
Kinderfrei statt kinderlos (2019) llegó a la lista de bestsellers en Alemania, y su lema personal, «My bloodline ends with me», resume la tesis: traer hijos al mundo agrava la crisis ecológica y refuerza el patriarcado.
En esa parte, la postura entronca con un debate viejo entre ecologismo y demografía. El problema aparece cuando el sujeto de la frase deja de ser la humanidad y pasa a ser un grupo concreto. En la entrevista no habla de todos los países desarrollados: habla de los occidentales, a los que atribuye un consumo de recursos muy por encima de lo que les corresponde y del que, dice, se apropian a costa del Sur global.
Añade que el pronatalismo —las llamadas de
Elon Musk,
Donald Trump o el partido
AfD a tener más hijos— es peligroso porque busca controlar a las mujeres y mantener fuera a los refugiados. Ahí está el núcleo que ha disparado las reacciones.
El currículum que casi nadie mira
El expediente desmiente parte del envoltorio. Brunschweiger se ha presentado en medios como filósofa o académica de campanillas, pero su trayectoria es la de una
profesora de Historia Medieval en la Universidad de Ratisbona reciclada a gurú mediática, con activismo público desde 2013. No es un matiz menor: el relato aguanta mejor con etiquetas grandilocuentes que con la realidad del expediente.
Hay otro episodio que circula y que rompe el discurso del sacrificio personal. Según las versiones que se difunden, la autora habría pedido al Estado alemán que pague
50.000 euros a las mujeres sin hijos. El deber climático se convierte así en factura al contribuyente: el que tiene hijos, que apoquine; el que no, que cobre.
La hipocresía es de manual. Vive acomodada en Alemania, se beneficia de su Estado de bienestar, de su sanidad y de su seguridad, y desde ahí predica penitencia civilizatoria. Su renuncia personal no compensa que promueva que otros mantengan en pie la sociedad que ella considera culpable.
Las cifras que invierten el argumento
Alemania registra una tasa de fertilidad de alrededor de
1,3-1,5 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo, fijado en
2,1. Es decir, el país que la autora señala como culpable ya se está encogiendo por sí solo, con las pensiones, la sanidad y el mercado laboral tensionados por el envejecimiento.
Si el problema fuera la huella ecológica, la coherencia exigiría aplicar el mismo rasero a cualquier población que alcance niveles de consumo occidentales, no solo a una por su origen. Y la narrativa de la deuda histórica también simplifica: Occidente generó buena parte de las emisiones, pero también la tecnología, la medicina y la energía que elevaron la esperanza de vida global de
30 años en 1800 a más de 70 hoy.
El cálculo completo, partida a partida, deja un cuadro incómodo para ambos bandos. Ahí está la trampa de estos discursos: parten de un dato cierto y lo estiran hasta convertirlo en penitencia.
Con la natalidad europea desplomándose y los relatos de culpa ganando espacio en tertulia, lo previsible es que este tipo de tesis siga encontrando altavoz. Que se traduzcan en política concreta es otra cosa. El electorado que paga la factura suele tardar en reaccionar. A veces, demasiado.