Óscar Puente y la cronología que no encaja: 9:40 en el centro de control, 10:37 tuiteando
A las 9:40, según su propio mensaje, el ministro de Transportes ya estaba en el centro de control H24 «tratando de obtener toda la información posible de lo ocurrido». El problema es de relojería: el mismo tuit que anuncia esa dedicación lleva marca de las 10:37. Casi una hora después. La secuencia la desmonta cualquiera con dos dedos de frente, y en cuanto se publicó empezó el recuento de minutos.
El mensaje, breve y en primera persona, presume de presencia institucional en plena emergencia. Lo que no dice es qué información se había obtenido, ni de qué organismo, ni con qué grado de confirmación. La escena del ministro en la sala, mirando pantallas, se sostiene sola; la del ministro tuiteando desde esa misma sala, también. Solo que una y otra no caben en el mismo minuto.
¿Por qué importa la hora exacta del tuit de Puente?
Porque la cronología es el único dato verificable que ofrece el mensaje. Todo lo demás —la información, su alcance, la coordinación— queda en el aire. La hora, en cambio, es un anclaje duro. Y ese anclaje sitúa la publicación de la comunicación pública casi una hora después de la supuesta incorporación al puesto de mando.
Hay quien lee ahí una simple descoordinación entre el ritmo de la sala y el de la cuenta personal. Otros ven el retrato de una prioridad: primero el escaparate, después el trabajo. La ironía se afila sola cuando el propio texto presume de estar «tratando de obtener» datos mientras el cronómetro corre.
La política del tuit en plena emergencia
La discusión derivó pronto hacia el terreno electoral. Hay quien sostiene que los principales partidos de la oposición son los grandes beneficiados de cualquier gestión de crisis que se perciba como torpe, y de ahí al cálculo de ganancias y pérdidas hay un paso. También se apunta, en sentido contrario, que el desgaste no se mide en escaños sino en confianza: cada hora sin información clara cuesta más que un mitin.
El reproche más repetido no es ideológico, es de forma. La comparación con otros responsables públicos que sí comparecieron o guardaron silencio según el momento aparece una y otra vez. La pregunta de fondo —¿debe un ministro tuitear mientras coordina?— no tiene respuesta técnica, solo política.
El ministro que no suelta el móvil
La fama de hiperactivo en redes precede al personaje. Por eso el episodio no se lee como un lapsus aislado sino como un patrón: la cuenta como canal paralelo de gestión, con el riesgo de que el canal se coma al gestor. Un mensaje de 9:40 publicado a las 10:37 es la metáfora perfecta de ese desajuste.
Queda la duda razonable de si la hora que muestra la plataforma es la de publicación o la de algún otro registro. Nadie lo aclara. Y sin aclaración, la versión oficial y la del reloj siguen sin cuadrar. Ese es el dato que descoloca: un ministro puede permitirse muchos titubeos, pero no que su propio tuit le sirva de acta de imputación horaria.