El SMI que solo sube con permiso de la patronal
La escena es de manual: un político promete que el salario mínimo no se moverá sin el visto bueno de las organizaciones empresariales. Y la respuesta, en cuanto se conoce, es la misma de siempre. Unos lo leen como sensatez económica; otros, como la forma más elegante de congelar el suelo salarial mientras la cúpula del IBEX sigue repartiendo beneficios. El planteamiento que se discute es que la subida del SMI quede condicionada al acuerdo con la patronal, y el eco que despierta toca los nervios de siempre: productividad, inflación, pymes y quién se lleva la mejora tecnológica.
Qué significa subir el SMI solo con permiso de la patronal
La propuesta consiste en que ninguna revisión del salario mínimo se aplique sin la firma de los empresarios. Sobre el papel suena a diálogo social; en la práctica, según cómo se mire, equivale a entregar el calendario de las subidas a la parte que paga. Hay quien sostiene que así se evita el decretazo y se negocia empresa por empresa; en contra pesa el argumento de que la parte que paga nunca tiene prisa por subir. El resultado, con ese diseño, sería un ritmo de revisión lento por construcción.
Productividad, inflación y el argumento de las pymes
El núcleo del debate económico está en si subir el SMI sin ganancia de productividad genera inflación y ahoga a las empresas. Una corriente de análisis defiende que el incremento debe pactarse en cada empresa y no por decreto, y que las ayudas deberían ir a pymes y autónomos —el 90% del tejido industrial, según esa lectura— en lugar de a las grandes compañías. El escenario contrario parte de que la productividad sí ha mejorado con la tecnología y de que el problema no es el suelo salarial, sino el tramo entre el SMI y 1,5 veces el SMI, donde se acumula el empleo que no termina de despegar.
Quién se lleva la mejora tecnológica
La pregunta incómoda es adónde han ido los beneficios de la automatización y la inteligencia artificial. La bolsa del IBEX, la banca y las energéticas aparecen como los receptores de esa mejora, mientras la jornada laboral sigue anclada en las ocho horas. El contraste con el norte de Europa, donde se rifan a los técnicos españoles, se usa como espejo: mismos perfiles, condiciones distintas. La comparación con la negociación de Airbus, donde los ingenieros españoles midieron sus condiciones contra las de sus colegas franceses, sirve de ejemplo de lo que se estafa en España con el mismo trabajo.
El precedente que nadie quiere recordar
La ironía histórica está servida: el franquismo subía los salarios por decreto. Ese dato descoloca a quien defiende que la única vía legítima es el acuerdo con la patronal. Si el decretazo fue la herramienta de un régimen autoritario, la conclusión no es que hoy haya que copiarla, sino que el argumento de la ilegitimidad del decreto no se sostiene solo. La discusión real es de poder: quién fija el suelo y con qué contrapesos.
El cálculo fino —cuánto se ha repartido la mejora tecnológica, cuánto ha subido la productividad y cuánto se ha quedado en el camino— es lo que convierte este asunto en algo más que una consigna. Con los datos en la mano, la pregunta deja de ser si sube el SMI y pasa a ser quién decide cuándo.