El eclipse como deber social: por qué tantos optaron por no mirarlo
El eclipse no movilizó a todos. Mientras los canales oficiales vendían el fenómeno como una cita histórica e ineludible, una parte de la audiencia lo vio pasar sin levantarse del sofá, y no por falta de cielo despejado: por convicción o por simple hastío. No hizo falta buscarlo: el desinterés se organizó solo.
¿Hastío o desconfianza política?
Las excusas para quedarse en casa fueron variadas. Algunos lo resumieron como «no me interesan las modas»; otros, más procaces, dijeron que antes de mirar un eclipse harían cualquier otra cosa. También hubo quien mezcló el asunto con la política: la sospecha de que el despliegue mediático servía de distracción y de que el gobierno lo aprovechaba para enterrar otras noticias. Es una lectura difícil de verificar, pero explica buena parte del recelo. En la
Comunidad Valenciana, además, las restricciones para pisar campo acabaron por disuadir a los que tenían plan de irse a un cerro a verlo junto a la lluvia de estrellas.
El que se enteró sin querer
La anécdota de la jornada la protagonizó un despistado: notó que oscurecía antes de tiempo, no volvió a hacerse de día, se fue a dormir y a las tres de la madrugada el eclipse aún seguía. Se despertó aliviado cuando la luz volvía a la normalidad. Nadie miró el cielo; el cielo, mientras tanto, cumplió su ciclo.
Con todo, hubo quien defendió lo contrario: mirar no es un acto de borreguismo, sino un recordatorio de que la Tierra es una roca diminuta cruzando un universo de plasma. A la fecha, ese argumento no ha convencido a la mayoría.