Ni oro, ni vivienda, ni bonos: el refugio imposible
El oro ha subido mucho en los últimos años y ya hay quien teme comprar en máximos. La vivienda arrastra la etiqueta de activo financiero que nunca debió tener. Los bonos del Tesoro estadounidense se presentan como el refugio definitivo contra una inflación que, según los cálculos que circulan, sigue comiendo el poder de compra de los ahorradores. Y sin embargo, la pregunta no deja de repetirse: si no quieres o no puedes optar a ninguno de esos refugios,
¿qué queda?
La discusión arranca con una tesis incómoda: el sistema se acerca a un reseteo y los refugios clásicos ya no ofrecen la seguridad que prometen. A partir de ahí, el abanico de respuestas es tan amplio como contradictorio.
Oro y plata: ¿demasiado tarde para entrar?
El oro y la plata han subido con fuerza en los últimos años. Eso lleva a muchos a preguntarse si comprar ahora es comprar en máximos. La duda no es menor: si el sistema vuelve a hacer «malabarismos», como se señala en el planteamiento inicial, el metal precioso puede ser inflado y desinflado a voluntad de los bancos centrales.
Hay quien sostiene que el oro aún está barato y que se irá a los
10.000 dólares. En el lado opuesto, se recuerda que el banco central de Suiza ya rompió en 2015 el cambio fijo con el euro cerca de 1,20, reventando posiciones, y que podría volver a hacerlo. La plata, además, se ha convertido en un activo aburrido para quien ya acumula suficiente.
La vivienda como refugio: ¿activo financiero o espejismo?
La vivienda aparece en la conversación como el refugio más citado. Comprar pisos y alquilarlos se presenta como un negocio redondo. Pero la objeción es inmediata:
la vivienda nunca fue un activo financiero, otra cosa es que se haya tratado como tal. El problema es que concentra casi toda la riqueza de los particulares, y los gobiernos podrían orientar a los ahorradores a alejarse del ladrillo mediante impuestos que perjudiquen la rentabilidad y las plusvalías.
El escenario apocalíptico que dibujan algunos —ciudades ardiendo, orden social desaparecido— no parece inminente. Pero la idea de que la rana se cuece a fuego lento sí cala: en Yugoslavia los pisos de las grandes ciudades estuvieron al precio de España con salarios mucho menores, y en Argentina están mucho peor que aquí, y no ha habido ningún reseteo. La conclusión que se extrae es incómoda:
te vas acostumbrando a vivir peor y no lo notas.
Bonos del Tesoro yanqui: el refugio que todos miran
El bono estadounidense a 10 o 30 años se presenta como la opción que todo el mundo está siguiendo. Se argumenta que protege de una inflación del 5% con seguridad absoluta. Los bonos de todos los países del mundo mundial están subiendo, lo que indica muchas cosas y ninguna buena, según se advierte.
La contraargumentación no se hace esperar: los plazos fijos deberían estar ya como mínimo al
6%, y aun así se pierde dinero. Con el 3% que se puede sacar ahora, muchos se creen Gordon Gekko. La regla de Taylor, aplicada a los tipos actuales, da un resultado que no cuadra con el relato oficial. Y el bono yanqui, siendo el refugio más citado, no está exento de que su rendimiento real siga siendo negativo.
Tierra, huerto y gallinas: el refugio físico
Frente a los activos financieros, emerge con fuerza la opción de la tierra. Tener un terreno donde criar animales, plantar frutales, acumular agua en depósitos e instalar placas solares tiene un valor incalculable. El huerto rinde mucho, se dice. Pero exige esfuerzo y horas.
El escepticismo también aparece: al final, comprarte algo de eso es el nunca acabar, requiere demasiado tiempo propio, y casi mejor te suicidas si se pone la cosa fea que estar jodiéndote la espalda cultivando sin combustible. La defensa de la ciudad como entorno más sostenible choca con la visión de que, sin energía eléctrica o con esta muy cara, se necesitarán muchos más procesos manuales y trabajo humano.
La comparación histórica es recurrente: en los años 40 y 50 había cartilla de racionamiento hasta 1953 y la autarquía no terminó hasta 1959. La gente de la ciudad pasaba más hambre que la del campo. La pregunta es si volveremos a eso o si el acuerdo con Mercosur permitirá traer alimentos baratos, aunque de calidad ínfima.
Alternativas minoritarias: semiconductores, arte y bitcoin
Más allá de los refugios clásicos, surgen opciones dispersas. Los semiconductores estadounidenses y la banca española se presentan como la combinación irónicamente suficiente. Las obras de arte, los locales comerciales y las participaciones en pequeñas empresas necesarias de verdad —como farmacéuticas— aparecen como alternativas para quien busca algo tangible.
El bitcoin, sorprendentemente, tarda en aparecer. Cuando lo hace, se menciona sin desarrollarse. Los fondos indexados, los fondos monetarios a la espera de mejores opciones y hasta las cartas de Pokémon completan el catálogo de refugios que van desde lo razonable hasta lo absurdo.
El reseteo que nadie define
La palabra «reseteo» planea sobre toda la conversación sin que nadie la defina con precisión. Se habla de que la economía se hunde y arrastra todo consigo: bancos, bolsas, gobiernos, empresas, pensiones y empleo caerán uno tras otro. Después llegará el caos, se dice. Pero también se recuerda que una cosa es que ciertos productos suban de precio y se vuelvan prohibitivos, y otra que toda España vaya a pasar hambre.
La inflación y el interés real negativo son lo único que se da por seguro. Ante eso, el individuo tiene pocas opciones: invertir en lo más seguro, lo más aséptico, lo menos intervenido. Y el que no tenga tierras lo va a pasar mal para comer y sobrevivir, sentencia otra voz. La pregunta sigue sin respuesta:
¿qué queda cuando ni el oro, ni la vivienda, ni los bonos ofrecen garantías?