El reto de convencer a un extraterrestre de ser católico
Imagínese que un ser inteligente llega a la Tierra sin haber tenido jamás contacto con la civilización humana. No conoce a Abraham, ni a Moisés, ni ha oído hablar de un carpintero de Galilea. Y ahora alguien tiene que explicarle por qué debería bautizarse. El planteamiento, que suena a ejercicio de ciencia ficción, es el que abre una discusión que rápidamente se desvía hacia terrenos más incómodos: la relación entre fe, razón y el supuesto atraso científico que la religión habría impuesto a Occidente.
La primera respuesta que recibe el recién llegado no es precisamente un argumento teológico. Es un
zasca con siglos de antigüedad: si el mundo fue creado en la Tierra, tú no existes. Y si no existes, no hay nada que convencer. La lógica circular tiene su gracia, pero deja al alien en el mismo sitio. Otros optan por la hospitalidad: llevarle a San Juan de Letrán, pasearle por las fachadas cóncavas y convexas de Borromini, meterle en una sacristía romana para que huela la cera, el incienso y la madera de los arcones. Si con eso no cae de rodillas, es que es un
ramplón terrícola del secano.
El problema teológico de los alienígenas
Hay un argumento que merece más atención de la que recibe. Si existen seres inteligentes en otros planetas, Dios tendría que haberse revelado también a ellos. Si no lo ha hecho, el problema no sería del extraterrestre, sino de los cristianos terrestres: quizá el cristianismo no sería verdadero. La proposición, que en el fondo es un test de coherencia interna, deja en evidencia que la mayoría de los creyentes no ha pensado nunca en ello. La fe se sostiene sobre un planeta, no sobre el universo.
La contraofensiva llega desde otro flanco: los ovnis no son naves, son entidades espirituales o interdimensionales. Es decir, lo que muchos llaman alienígenas estaría más cerca de lo religioso que de la ciencia ficción. Una forma elegante de meter el fenómeno en el terreno de lo sobrenatural sin necesidad de demostrar nada.
El argumento del atraso científico
El debate se calienta cuando entra en juego la historia. La acusación es contundente: quince siglos de oscuridad habrían frenado el desarrollo científico y tecnológico de Europa. Sin ese parón, sostiene esta corriente, enfermedades hoy incurables estarían resueltas, los problemas energéticos tendrían solución y el sistema solar estaría colonizado. La rabia no es tanto por el pasado como por la sensación de que el freno continúa.
La respuesta desde el otro lado no es menos dura: si la Iglesia hubiera sido siempre como algunos de sus papas, el mundo sería distinto. Se cita el caso de Julio II, el papa guerrero, amigo y mecenas de Miguel Ángel a pesar de conocer su homosexualidad. Un ejemplo de que la institución ha sido muchas cosas a lo largo de la historia, no una sola.
¿Por qué no se puede demostrar lo sobrenatural?
Aquí aparece el argumento más sofisticado del intercambio. Los fenómenos sobrenaturales existen, pero no pueden ser demostrados. No porque no ocurran, sino porque están gobernados por sus propias reglas: ocurren cuando una inteligencia quiere que ocurran, no cuando un experimento los repite. Si funcionaran como un mecanismo natural causal, hace años que la ciencia los habría descubierto y serían parte de las ciencias naturales. Es una explicación que deja la fe a salvo de la falsabilidad, lo cual tiene ventajas y trampas.
El cierre del intercambio no resuelve nada. Unos piden hechos, otros ofrecen belleza, olores y arquitectura. Y en medio, la pregunta de fondo: ¿se puede convencer a alguien de algo que no se puede demostrar? La respuesta, por lo visto, sigue siendo la misma que hace dos mil años.
A hostias, dice uno. Otro, más elegante, responde con una pregunta: ¿y cómo me convencerías tú a mí de que no lo fuera?