El cambio de hora se aprobó en 2019 y sigue sin aplicarse
Cada último domingo de octubre España atrasa el reloj una hora y media Europa vuelve a discutir lo mismo. El Parlamento Europeo aprobó suprimir el cambio horario en 2019, con entrada en vigor prevista para 2021, y desde entonces el Consejo no lo ha votado nunca. El resultado es un ritual que se repite mientras el invierno se come la tarde: anochece antes de salir de trabajar y el ánimo de media plantilla se va con la luz.
El malestar no es una exageración de sobremesa. La falta de luz natural en otoño e invierno tiene nombre clínico,
trastorno afectivo estacional, y su tratamiento de primera línea no es la pastilla: es la luz. Lámparas de
10.000 lux durante 20 o 30 minutos por la mañana, un paseo al mediodía y horarios fijos de sueño. La fototerapia se vende por
40-80 euros y funciona como un cambio de hemisferio de salón.
Por qué el cambio de hora sigue atascado en Bruselas
La cronología es un monumento a la lentitud burocrática. En
2018 la Comisión Europea hizo una consulta pública que reunió
4,6 millones de respuestas, la mayoría alemanas, y más del
80% pidió acabar con el cambio. La Comisión propuso suprimirlo. En 2019 el Parlamento lo aprobó para 2021, dejando a cada país elegir entre horario de verano o de invierno. Desde entonces, nada.
El bloqueo no está en el cambio en sí, sino en el
mosaico de husos que dejaría el mercado único: Francia en uno, España en otro, Portugal en otro. Con el Brexit, la pandemia y la crisis energética de por medio, el asunto se quedó en el cajón. En otoño de 2025 España volvió a pedir en Bruselas que se desbloquee, pero hace falta acuerdo entre los Estados y no lo hay.
Horario de invierno o de verano: qué defiende cada bando
Hay quien defiende el horario de invierno porque gana luz a primera hora, cuando el cuerpo arranca, y sostiene que la mañana es más productiva que la tarde. Enfrente, el argumento contrario: con el reloj de invierno, en el norte peninsular hay días de octubre en los que directamente no amanece, y a las seis de la tarde ya es noche cerrada. El cálculo más pesimista habla de hibernar hasta abril; el más pragmático, de comprar una lámpara.
La discusión tiene derivadas políticas de salón. Unos apuntan a la UE como culpable de la
gilipollez suprema; otros recuerdan que el cambio de hora es herencia de decisiones anteriores y que llevamos toda la vida con él. Y una corriente reivindica lo contrario: que el verdadero horror es el verano, el calor asfixiante y las noches tropicales, no que anochezca a las cinco y media.
Qué hacer si el invierno te tumba todos los años
El primer escalón no es farmacológico. Luz por la mañana, aunque esté nublado, porque la calle es mucho más intensa que cualquier interior. Horarios fijos de sueño y comida. Moverse algo cada día, mejor fuera. Y si el bajón dura semanas y afecta al trabajo, consultarlo con el médico, que puede plantear terapia psicológica adaptada o antidepresivos solo para los meses malos.
En el norte conviene además mirar la
vitamina D en el próximo análisis: entre noviembre y marzo el sol apenas da para fabricarla. No está claro que corregirla arregle el ánimo, pero es fácil de comprobar.
La predicción, con reservas: el cambio de hora sobrevivirá al menos un otoño más. Nadie quiere el mosaico y nadie quiere ceder primero.