El 23J que el PP dio por ganado y el PSOE acabó rentabilizando
Hubo una campaña en la que la derecha se creyó ganadora dos meses antes de votar. La última semana, el candidato del PP no fue ni a los debates porque, según el relato que se instaló entonces, «esto está ganao». El resultado se decidió por un puñado de escaños y el PSOE acabó investido. La pregunta que sobrevuela cualquier pronóstico sobre las próximas generales es si la historia se repite o si el electorado ya ha escarmentado.
El error de cálculo que dejó al PP a dos votos
El antecedente que se cita una y otra vez es el de unas generales en las que el PP se quedó a dos votos de la mayoría para investirse, según el balance que se hace del resultado. No fue una derrota aplastante: fue un margen mínimo. Y, sin embargo, el PSOE consiguió formar gobierno pese a haber perdido las elecciones en votos. La explicación que se repite tiene tres patas: una campaña del PP descrita como desastrosa, la criminalización del partido con el que luego se vería obligado a pactar y la ausencia del candidato popular en los debates de la última semana.
Hay quien sostiene que el error no fue de cálculo, sino de soberbia. Que la maquinaria de la derecha dio por hecha una victoria que las encuestas no garantizaban y que, mientras tanto, el adversario trabajaba los escaños pequeños provincia a provincia. La consecuencia fue un gobierno que, aun así, ha arrastrado una parálisis legislativa notable: sin capacidad de aprobar nada relevante, con una mayoría construida sobre concesiones particulares a territorios concretos y con un único punto de unión entre socios, la capacidad de arrancarle concesiones al Ejecutivo.
¿Por qué se habla de repetir el mismo guion en las próximas generales?
El temor que recorre buena parte del análisis de derechas es que la película se repita con los mismos actores y otros nombres. Se argumenta que el PSOE conserva un bloque fiel —pensionistas, inquilinos, personal sanitario y docente, votantes con vínculo emocional al partido— al que se suman los votos que aportan los nuevos electores jóvenes. Frente a eso, la derecha cuenta con autónomos, pensionistas de derechas, sectores del ámbito rural, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y un voto urbano de renta media-alta que estaría cansado de subidas de impuestos en plena inflación.
El cálculo más optimista para la derecha asume que ese desgaste fiscal se traducirá en papeletas. El escenario pesimista parte de una premisa distinta: que muchos de esos votantes, por costumbre, por interés o por identidad, seguirán votando al PSOE aunque les vaya peor. La discusión sobre si el electorado ha escarmentado o no es, hoy, la única pregunta que importa en cualquier quiniela electoral.
El problema de la unidad: VOX, el PP y las provincias pequeñas
Una de las tesis más repetidas es que, para desalojar al PSOE, la derecha necesita unidad total. En provincias pequeñas, donde los escaños se deciden por márgenes mínimos, la dispersión del voto entre PP y VOX puede regalar el diputado al bloque contrario. De ahí la propuesta de que VOX no se presente en determinados territorios para concentrar el voto útil. La respuesta a esa idea suele ser ácida: si la receta es pedir el voto al PP en las provincias grandes y desaparecer en las pequeñas, el partido que lo hiciera dejaría de existir como proyecto propio.
El debate sobre la unidad de la derecha no es nuevo, pero cada ciclo electoral lo devuelve al centro. Quien defiende la abstención estratégica de un partido en ciertas circunscripciones asume un coste: renunciar a representación propia a cambio de un resultado global. Quien lo rechaza asume otro: repetir el mismo reparto de escaños que ya se demostró insuficiente.
El factor que nadie controla: el calendario
Entre las cábalas electorales hay una variable que no depende de encuestas ni de pactos: la fecha. En el material que alimenta esta discusión se apunta a que las elecciones podrían coincidir con una festividad religiosa de peso, la Gran Promesa, y con la semana posterior a la fiesta de Cristo Rey. Quien lo menciona lo hace medio en broma, medio en serio, apelando a una esperanza sobrenatural. No es un argumento electoral, pero retrata el estado de ánimo de una parte del electorado: la sensación de que las urnas ya no se deciden por programas, sino por algo parecido al destino.
Lo que el dato no cierra
Con estos mimbres, cualquier pronóstico es un ejercicio de fe. La derecha tiene motivos para pensar que el desgaste fiscal y la inflación pasarán factura al Gobierno. El PSOE tiene motivos para pensar que su bloque es más sólido que el contrario y que la fragmentación del voto conservador le seguirá regalando escaños. Ninguna de las dos certezas se sostiene sola. Y en medio, un electorado que ya ha visto cómo una victoria en votos se convierte en una derrota en investidura. Si algo enseñó aquella noche es que dar por ganado algo antes de contarlo es la forma más rápida de perderlo.