La hombría ya no se mide en litronas sino en press de banca
Hubo un tiempo en que ser hombre en España se demostraba, según un airado análisis difundido en un foro, con una botella de whisky barato, un paquete de tabaco y una potada en la puerta de un cajero automático. Esa es, al menos, la tesis que sostiene el autor del texto, que ha desatado una tormenta de réplicas. El texto arremete contra las generaciones anteriores, a las que acusa de haber convertido la hombría en una parodia: hombres que se intoxicaban para sentirse duros, que medían su valía en brebajes destrozahígados y que dejaban su dignidad en el parqué de cualquier discoteca de provincias.
Frente a ese retrato, el autor opone a los chavales de hoy.
Cualquier adolescente musculado de entre 16 y 20 años, sostiene, supera en hombría al 99,99% de los hombres de todas las generaciones precedentes. No necesita emborracharse para sentirse hombre: le basta con el poder de su físico. La provocación está servida.
El botellón como rito de iniciación fallido
La acusación central del texto es que las generaciones anteriores construyeron su identidad masculina sobre el autocastigo. Beber hasta vomitar, fumar desde los doce años, hacer ruido por la calle con un coche destartalado, pintar de colores un utilitario para pegar petardazos. Todo eso, dice, era la liturgia de unos hombres que se sabían poca cosa y necesitaban intoxicarse para disimularlo.
El autor no se limita a la crítica genérica. Recuerda su propia adolescencia en el instituto, cuando los cánones culturales seguían siendo los de esa generación anterior.
Los años perdidos y robados, los llama. En lugar de haberse partido el lomo entrenando, se dejó arrastrar por lo que había, porque no se conocía otra cosa.
La réplica no tardó en llegar. Varios mensajes señalan que en los años 90 también había gente que hacía deporte y llevaba hábitos sanos. Otros van más lejos y acusan al autor de proyectar su propio rencor:
lecciones de masculinidad de un marica, resume uno de los mensajes más votados, que añade que los chavales de hoy no se meten brebajes, sino esteroides, y que eso deja los huevos como canicas.
El gimnasio como nuevo medidor de hombría
El núcleo del debate está en si el culto al físico es una forma superior de masculinidad o simplemente otra moda. Para el autor del texto original, el músculo es la prueba objetiva del poder masculino. No hay trampa ni cartón: el cuerpo habla por sí solo.
La contraofensiva es igual de contundente. Un mensaje muy votado sostiene que ser un machote hoy consiste en
estar preocupado por lucir tipín en la playa, pasar horas viendo ropa y zapatillas para tener el modelito perfecto e ir al local de moda a pedir un té verde con aguacate. Es decir, que la nueva masculinidad no es más que una versión estilizada de la vieja vanidad, ahora disfrazada de nutrición y déficit calórico.
Otro interviniente añade un matiz laboral: esos chavales definidos y de sonrisa perfecta son luego, en el trabajo,
inútiles incompetentes que piden baja al romperse una uña. La asociación entre músculo y competencia profesional queda, como mínimo, cuestionada.
La generación del porro y la litrona, en el punto de mira
El texto original no deja títere con cabeza. Describe a los hombres de las décadas anteriores como
ratas,
gordicalvos flatulentos y
bazofia cuerpoescombrosa, con un gusto nefasto para vestir y peinar, un bagaje cultural nulo y, con frecuencia, una calidad humana deplorable. La acumulación de descalificaciones es tan exhaustiva que roza el esperpento.
La respuesta más repetida es que el autor habla desde el rencor. Varios mensajes le acusan de tener la testosterona baja y el eje hormonal reventado, y de explotar en rabietas propias de un niño malcriado. La ironía sobre la testosterona es especialmente recurrente: quien más grita su hombría es, según esta lectura, quien menos la tiene.
Un mensaje particularmente votado introduce un argumento distinto: los maridos de las feministas de hoy son precisamente los hombres de la generación del porro y la litrona. La crítica a los jóvenes, viene a decir, es una forma de escurrir el bulto de los mayores.
El alcohol como chivo expiatorio
Una de las derivadas más curiosas del debate es la fijación del autor con el alcohol. Varios mensajes se lo afean:
qué obsesión en contra del alcohol últimamente, le espeta uno, que añade que quien se pimplaba una botella de whisky diaria no está en condiciones de dar lecciones. El autor responde que primero deberían prohibirse las bebidas alcohólicas y los cigarrillos, y luego ya se vería lo demás.
La propuesta de prohibición no es un detalle menor. Un mensaje afín al autor va más allá y anuncia que, cuando
tengan sus redes, el contenido de chavales anabolizados estará total y absolutamente prohibido. La pulsión prohibicionista recorre el hilo de arriba abajo, aunque en direcciones opuestas.
Hay quien intenta elevar el tono. Un mensaje sostiene que las generaciones anteriores fueron
zombies que se intoxicaban para evadirse de la realidad, incapaces de vivirla con intrepidez y temple. La conclusión, en esa línea, es que los jóvenes de hoy no envidian en absoluto aquel estilo de vida.
El dato que descoloca
El hilo acumula numerosas respuestas y sigue vivo. La mayoría son insultos cruzados, pero debajo late una discusión real sobre qué significa ser hombre y si el culto al
gimnasio es una superación de los vicios antiguos o simplemente otra forma de escapar. Lo que nadie discute es que el autor original tiene una capacidad probada para generar reacciones viscerales. Y eso, en términos de audiencia, es exactamente lo que buscaba.