El hilo se parte entre los que defienden Oporto y los que ya llaman Porto al club
La conversación arranca con una explicación de manual: el club se llama oficialmente FC Porto, en Portugal dicen «o Porto» y la RAE recomienda Oporto. A partir de ahí, el hilo se parte en dos. Unos defienden la forma tradicional. Otros responden que los nombres de clubes no se traducen. Y en medio, una tangente que nadie vio venir: el beicon, el ketchup y Holanda.
Qué se ha sabido
Un participante abre el tramo con la ficha técnica del asunto: el nombre oficial es FC Porto (Futebol Clube do Porto), en portugués se dice «o Porto» y la RAE recomienda Oporto. A partir de ahí, cada uno arrima el ascua a su sardina.
Un forero recuerda que
en los 80 y 90 nadie decía Porto y lo atribuye a una moda de los últimos años. Otro responde que los nombres de clubes no se traducen y pone ejemplos: el Torino no es Turín, el Napoli no es Nápoles, el Girona no es Gerona. Y añade una regla práctica: si oyes Colonia, hablas de la ciudad; si oyes Köln, hablas del club.
La lista de topónimos que se resisten ocupa varias páginas: Dunquerque, Amberes, Gante, Brujas, Maastricht, Pekín, Célebes, Sulawesi. Alguien pregunta por qué Maastricht no es Mastrique pero Dunkerque sí es Dunquerque. Otro responde que la lógica no existe.
El caso de Holanda y Países Bajos entra con fuerza. Un participante confiesa que se queda parado a mitad de frase por miedo a que le corrijan. Otro zanja: Holanda es una región, Países Bajos es el país.
Y de ahí al beicon. Un forero dice que al beicon siempre lo llamará panceta y al ketchup salsa de tomate. Le responden con una clase magistral: el beicon está ahumado, es un corte fino y se hace de la panceta; el ketchup no es salsa de tomate, es una salsa agridulce con vinagre. La conclusión del corrector: no es lo mismo.
Aparece también una anécdota desde Estados Unidos. Un participante cuenta que en un sports bar de Atlanta vio la clasificación de la liga española en pantalla y los nombres aparecían en grafía original: Real Madrid,
Fútbol Club Barcelona, Deportivo de A Coruña. Dice que se le partió el corazón al no leer Royal Madrid o Sportive of The Coruna.
Dónde está la bronca
El choque es entre dos formas de entender el idioma. Un bando defiende que renunciar a Oporto es renunciar a una forma tradicional del castellano. El otro responde que los clubes son marcas y las marcas no se traducen.
El primer bando tiene su momento álgido cuando un forero sentencia que
nunca se le llamó Porto cuando seguía el fútbol de niño. El segundo contraataca con la lista de clubes que jamás se han traducido: Torino, Napoli, Girona.
La bronca se encona cuando alguien propone llamar a Oporto «El Puerto». La respuesta es inmediata y despectiva: nadie en la vida le ha llamado así. El intercambio sube de tono y el hilo se llena de respuestas cruzadas.
Otro frente se abre con los topónimos catalanes. Un participante sostiene que hay dos varas de medir: se exige Girona y Lleida, pero a Cádiz o Zaragoza se las llama Cadis y Saragossa sin problema. La ironía del mensaje no pasa desapercibida.
Y una tercera trinchera: los que piden coherencia total. Si aceptamos Beijing, dicen, aceptemos también Londón, Maskvá y Suomi. La respuesta es que cada uno llame a las cosas como le salga de las narices.
Qué cambia respecto a antes
En este tramo el debate deja de ser solo Oporto contra Porto. Entra el beicon, entra el ketchup, entra Holanda y entran los topónimos catalanes. La discusión se convierte en un catálogo de agravios lingüísticos.
También cambia el tono. Lo que empezó como una consulta se convierte en una trifulca con respuestas cortantes. Un participante resume el ambiente:
putos hilos clickbait.
La predicción que falla es la de quien esperaba una respuesta única. No la hay. Cada uno se queda con su versión y el hilo sigue.
La anécdota de Atlanta
Un participante cuenta que estuvo en mayo en Estados Unidos y vio la clasificación de la liga española en un sports bar de Atlanta. Los nombres aparecían en grafía original. Dice que se le partió el corazón en mil pedacitos. La anécdota sirve para ilustrar que la globalización ha impuesto la grafía local como estándar internacional, incluso para los equipos españoles.