El castellano pierde Oporto, Dunquerque y Amberes
Hay una regla no escrita en el periodismo deportivo español: el FC Porto ya no es el Oporto. La RAE recomienda la forma tradicional castellana, pero las retransmisiones y las clasificaciones han ido imponiendo la grafía portuguesa. El resultado es una rareza: el nombre español de una ciudad europea suena a error en boca de quien lo dice.
El fenómeno no es nuevo ni exclusivo del
fútbol. Afecta a topónimos con siglos de uso documentado en castellano. La discusión sobre qué forma usar se ha convertido en un termómetro de una ansiedad más amplia: la de un idioma que se percibe perdiendo terreno frente al inglés y frente a las lenguas de origen de cada lugar.
Qué dice la RAE sobre Oporto y Porto
La doctrina académica es clara. El nombre tradicional de la ciudad portuguesa en español es
Oporto, y así lo recoge el diccionario. La forma
Porto es la denominación oficial en portugués y se ha extendido en el uso periodístico y deportivo, donde ambas conviven sin que nadie se rasgue las vestiduras.
El club, en cambio, se llama oficialmente Futebol Clube do Porto. En Portugal se dice «o Porto», con artículo, uniendo el artículo al nombre de la ciudad. La confusión entre el nombre del club y el de la ciudad es la raíz de buena parte del lío.
Lo llamativo es que la norma no ha cambiado. Lo que ha cambiado es la costumbre. Y la costumbre, en materia de topónimos, pesa más que cualquier manual.
Dunquerque, Amberes, Gante y Brujas: el mismo caso
El castellano tiene un repertorio de exónimos que se está vaciando por la vía de los hechos. Dunquerque es Dunkerque. Amberes es Antwerpen. Gante es Gent. Brujas es Brugge. Todos ellos tienen forma española tradicional y todos ellos aparecen cada vez más a menudo en su versión original.
La asimetría es lo que irrita. Maastricht sigue siendo Maastricht en español, pero Dunkerque se ha convertido en Dunquerque para el hablante culto. ¿Por qué unas formas se conservan y otras se abandonan? No hay un criterio uniforme. Hay modas, hay inercias y hay un cierto complejo de provincianismo que empuja a preferir la grafía extranjera.
El patrón se repite en España misma.
Lleida y
A Coruña han desplazado a Lérida y La Coruña en los usos oficiales, mientras el hablante común sigue diciendo lo de siempre. La norma y la calle van por caminos distintos.
Holanda, Países Bajos y el miedo a equivocarse
El caso neerlandés es el más ilustrativo. Holanda es una región de los Países Bajos, y la diplomacia lleva años pidiendo que se use el nombre completo del país. El resultado es un hablante que se queda parado a mitad de frase, dudando entre la forma que aprendió y la que cree que le van a exigir.
Ese titubeo es el síntoma. No es que la gente no sepa cómo se llama el país. Es que ha interiorizado que decir
Holanda puede ser motivo de corrección. La corrección lingüística ha dejado de ser una herramienta y se ha convertido en una amenaza difusa.
El castellano no pierde por decir Oporto
La ansiedad por la pureza del idioma tiene una paradoja. Quien defiende con más vehemencia el uso de Oporto suele ser el mismo que se burla de quienes exigen decir Países Bajos. La coherencia brilla por su ausencia.
El castellano no se empobrece por conservar exónimos. Se empobrece cuando deja de tener criterio propio y se limita a copiar la grafía del original por miedo a parecer antiguo. Un idioma que renuncia a sus topónimos tradicionales no se moderniza: se diluye.
La pregunta no es si Oporto es correcto. Es si queda alguien dispuesto a decirlo sin pedir perdón.