Del taller de resistencia a la camiseta que pide «lucha armada»
Un centro social okupado del barrio de Estrecho, en Madrid, acoge este sábado 24 de octubre un taller titulado «Ropa para la revuelta». No es una clase de costura. Lo imparte el Movimiento Antirrepresivo de Madrid dentro de una jornada de la Coordinadora Antifascista bajo el rótulo común de «Talleres de agitación y protesta», y su objetivo declarado en redes es «pasar a la acción de forma segura» ante los «tiempos de resistencia y lucha». El mismo día, los estudiantes franceses han convocado una nueva marcha al otro lado de los Pirineos.
La convocatoria no flota en el vacío. Llega a tres semanas de la
huelga general del 11 de noviembre, fecha que coincide con el aniversario del asesinato del antifascista Carlos Javier Palomino, y en un contexto de bloqueos estudiantiles en Francia que ya han derivado en disturbios, con más de
medio millón de personas en la calle el sábado 17 de octubre, al menos 2.000 detenidos y un fallecido por parada cardiorrespiratoria. El ayuntamiento de Limoges acabó en llamas y el de Marsella fue asaltado.
Qué se enseña en un taller de «agitación y protesta»
El programa incluye tres talleres, uno de ellos dedicado a la indumentaria del llamado bloque negro: la táctica de vestir de oscuro y con la cara cubierta para no ser identificado, extendida por las cumbres internacionales desde Seattle en 1999 y documentada en un informe de la Escuela de Oficiales de la Gendarmería francesa. En Madrid se vio hace dos semanas en la acampada de Sol. Antes, el miércoles, el colectivo convoca una asamblea abierta bajo otro lema: «Pasa a la acción, organicemos la resistencia».
Bajo los anuncios, una parte de la militancia no pide prudencia. «El pacifismo no sirve para nada», responde un comentario al taller, que reclama parecerse «al resto de Europa». Otro va más lejos y pide «reventar el centro de Madrid». La distancia entre el cartel de «resistencia no violenta» y la camiseta que pide «más lucha armada y menos batucadas» —a la venta por diez euros en una página libertaria cercana a un colectivo anarquista de Vallecas— se ha vuelto visible.
El espejo francés y los comités obrero-estudiantiles
El repertorio que llega de Francia tiene eco concreto en España. La alianza entre ferroviarios y estudiantes que se difunde en vídeo desde París es la que dos organizaciones docentes quieren reproducir con comités obrero-estudiantiles. Un centro social de Hortaleza organizó el 15 de octubre una charla sobre «la revuelta estudiantil en Francia» para compartir «tácticas de cara a escalar un conflicto social» más allá de «la protesta programada, controlada».
Hay quien rechaza la idea de importación. Un activista antifascista madrileño, que participa en movimientos sociales desde adolescente sin militar en ningún colectivo, sostiene que no se «importa», sino que «se propaga naturalmente». Sitúa a España no «muy lejos», sino «en una fase distinta del ciclo de movilización», frenada por una parte de la población que hace de la no violencia «un fin en sí mismo». Su tesis: «Los derechos no caen del cielo ni se mendigan con buenos modales».
Quién paga la fiesta y quién pone el cuerpo
El trasfondo económico aparece pronto en la conversación. Hay quien lee la escalada como una respuesta a la pérdida de poder político y quien avisa de que el pequeño comercio y los autónomos —asfixiados por impuestos y regulación— no van a recibir con simpatía a un encapuchado que saquee su negocio. La comparación histórica con octubre de 1934, cuando una huelga general indefinida siguió a la entrada de la CEDA en el gobierno, planea sobre el debate.
También la respuesta institucional. Se cita el modelo italiano, que ha creado un delito específico de participación violenta en manifestación castigado con hasta cinco años de cárcel. Y se recuerda que el profesorado no es un bloque homogéneo: la noticia original hablaba de docentes y colectivos, no de una huelga general del sector.
El dato que descoloca no está en las calles, sino en el calendario: la huelga se convoca para el aniversario de un asesinato, y quienes piden la revuelta suelen ser los últimos en ponerse delante.