Un docente denuncia gritos de «Arriba España» en sexto de primaria
¿Qué pasa cuando un grupo de niños de once años entra en clase gritando una consigna política? Que el profesor lo cuenta, y que la conversación se lía. El docente relata que sus alumnos de sexto de primaria han convertido el arranque de la jornada en un pequeño mitin: entran al aula coreando «Arriba España» y él lo ha denunciado como propaganda. La escena, que en otra época habría sido rutina de posguerra, ahora se lee como síntoma: los chavales repiten lo que oyen fuera del colegio, y el aula se convierte en termómetro de la batalla cultural.
El docente asegura que él entra gritando «hay que parar a la extrema derecha», según su propio testimonio, y que está harto de esos «niñatos». La confesión tiene su gracia: si el profesor abre la clase con soflamas, no debería extrañarle que la chavalería le devuelva el gesto con otra consigna. La anécdota, contada así, deja de ser un caso de adoctrinamiento infantil y pasa a ser un choque de eslóganes entre la pizarra y el patio.
De «Arriba España» a «Viva Marruecos»: el repertorio de la grada
La cosa se complica cuando el asunto se mezcla con otros frentes. Hay quien compara el grito con pintarse la boca o con gritar «viva
Marruecos», como si todo fuera la misma función. Y hay quien sostiene que el profesor no se queja por la consigna, sino porque le tocan las narices con sus soflamas políticas. El argumento de fondo: si el maestro arenga, los alumnos responden. La provocación mutua se retroalimenta.
El cálculo más pesimista apunta a que la cosa irá a más: los chavales de tercero de la ESO, dice un mensaje, «le van a decir Hi Hitler» y ya no habrá propaganda que los manipule. La escalada retórica es puro foro, pero describe una tensión real: el aula como campo de batalla donde cada curso sube la apuesta.
¿Es adoctrinamiento o simple provocación adolescente?
La pregunta divide. Unos ven una denuncia legítima: un docente no debería tener que aguantar consignas políticas en clase, vengan de donde vengan. Otros ven un profesor que se queja del ruido que él mismo genera. Y un tercer grupo, más cínico, apunta que si los alumnos entrasen gritando «Arriba Palestina», el docente no solo no se quejaría, sino que «hasta les subiría la nota». La ironía va por ahí: el rasero no siempre es el mismo.
Lo que nadie discute es el hecho: unos niños de once años han aprendido a usar una consigna política como herramienta de provocación. De dónde la sacan —la tele, el móvil, la sobremesa— es otra película.
Al final, la escena deja un regusto amargo. Un profesor que grita consignas y unos alumnos que le contestan con otras. La
educación cívica, esa asignatura pendiente, se aprende en el recreo.