Abstención electoral: el pulso entre votar y no votar
La pregunta que abre el fuego es directa: ¿os gustaría que volviera a gobernar el Perro? Y la respuesta que da el autor del mensaje inicial no deja margen: ya sabéis lo que tenéis que hacer. A partir de ahí, 300 respuestas que se convierten en un campo de batalla entre los que defienden que votar es la única herramienta para cambiar algo y los que sostienen que participar en el sistema es legitimarlo. El subforo de Economía se llena de argumentos, insultos y alguna que otra cifra que conviene rescatar.
¿Qué se juega el que no vota?
El núcleo del enfrentamiento está en si la abstención es una postura política legítima o una forma de regalar el voto al adversario. Quien defiende votar lo tiene claro:
si no votas, estás dando permiso para que hagan contigo lo que quieran. El argumento se repite con variantes: la abstención no resta, suma al que ya tiene el poder. Y añaden un cálculo que, dicen, desmonta cualquier teoría del pucherazo: con
40 millones de votos es mucho más difícil meter votos falsos que si solo votan 100.000 personas. El censo es público, recuerdan, y un desfase de tres millones de papeletas cantaría demasiado.
La réplica llega desde el otro flanco:
el régimen no necesita legitimación, está ahí con sus normas. No votar no te saca del sistema, pero al menos no lo avalas. La discusión se encona cuando alguien pregunta si de verdad creen que si no vota nadie el régimen desaparece. La respuesta es un no rotundo, pero con matiz: no se trata de que caiga, sino de no participar en algo en lo que no se cree.
El voto útil y el miedo al Perro
Aparece entonces el argumento del voto útil. Si la prioridad es echar al Perro,
habría que aplicar el voto útil y votar a Frijolito, sostiene una voz. Otra lo rebate con crudeza: el resultado dará igual,
si votas luego no te quejes, estamos igual que a finales de 2011 y los votantes repitiendo la misma fórmula esperando un resultado distinto. La referencia a 2011 no es casual: muchos de los que ahora se abstienen, dicen, fueron votantes convencidos que se bajaron del burro tras comprobar que nada cambiaba.
El intercambio sube de tono. Hay quien acusa a los abstencionistas de ser
CM del régimen desmovilizando el voto conservador. Y hay quien responde que los que votan son
votontos que creen sostener el sistema con su papeleta. La discusión deriva hacia el insulto personal en varios tramos, con acusaciones cruzadas de subnormalidad y de ilusión de control.
¿Sirve de algo votar si todo sigue igual?
La pregunta de fondo planea sobre todo el intercambio: ¿ha cambiado algo en los últimos años gracias al voto? La respuesta más repetida es que no.
En 22 años ningún partido ha cambiado nada de lo empezado por Zapatero, sino que lo han aumentado, sostiene una intervención. Otro añade que la batalla no es entre izquierdas y derechas,
sino de los de arriba contra los de abajo. Y un tercero remata: la tecnocracia de síntesis se viene, y da igual quién gobierne.
Frente a eso, los defensores del voto no prometen milagros. Solo dicen que es la única herramienta disponible, aunque valga poco.
Si no fuera delito, hace ya 2 años que Pedro Sánchez estaría muerto, suelta uno, y matiza que por eso se limita al escasísimo margen de maniobra que tiene. La frase, con todo, resume la frustración de quien vota sin creer y de quien no vota sin esperanza.
El fantasma del pucherazo
Uno de los momentos más concretos del intercambio llega con la trazabilidad del voto. ¿Qué diferencia hay entre abstenerse y votar si el sistema está viciado y no se puede confirmar el movimiento? La respuesta oficialista es que la diferencia es abismal:
si votan 10 millones y se recuentan 13, ni cristo se entera. La culpa de los pucherazos, concluyen, es de los abstencionistas. La acusación no se queda ahí:
los que siempre se abstienen van a votar por correo a Perro Sánchez sin que lleguen a enterarse, se llega a afirmar.
El contraargumento es que el sistema ya no se arregla ni con votos ni con palabras. Y que quienes se abstienen son mayoría silenciosa, no borregos. La discusión, en cualquier caso, no se cierra. Como no se cierra la pregunta inicial: ¿tiene sentido votar cuando el resultado parece escrito de antemano? La respuesta, a la vista del material, depende de si uno cree que el sistema se puede cambiar desde dentro o solo desde fuera. Y ahí, de momento, no hay consenso.