Construir más vivienda no bajaría los precios si sigue entrando gente, advierten
La tesis circula con fuerza en los mentideros económicos: España no tiene un problema de escasez de ladrillo, sino de exceso de demanda estructural. Si se levantan más pisos, el precio no cae porque hay un flujo migratorio que absorbe toda la oferta nueva. El argumento lo resumía un participante con una imagen que se ha repetido: «hay 480 millones de sudamericanos queriendo venir a Europa». La conclusión, para este coro, es contraintuitiva: antes de pedir más construcción, conviene pensarlo dos veces, porque el efecto podría ser el contrario al deseado.
El diagnóstico choca de frente con el sentido común económico. Si hay más oferta, el precio tiende a bajar. Pero el sector sostiene que la vivienda no funciona como un mercado normal: la demanda no es fija, se expande con cada persona que llega. Y si el flujo es inagotable, el ajuste vía precios nunca se produce. Es la lógica del
cuello de botella permanente.
La trampa de la mano de obra que construye y necesita casa
El segundo eslabón del argumento es todavía más incómodo. Para construir esas viviendas hace falta mano de obra. Y esa mano de obra, en buena parte, viene de fuera. El resultado, según este análisis, es un círculo vicioso: se importan trabajadores para levantar pisos que a su vez necesitarán ocupar. «Para importar un trabajador funcional hay que traerse como mínimo a una docena que no nos servirán», resume una intervención que ha sido de las más secundadas.
La conclusión que extrae este sector es que el problema no se resuelve con grúas, sino con control de flujos. Romper el círculo, dicen, exige seleccionar profesiones en origen y limitar la entrada. Es una postura que en el fondo niega la premisa del debate: no estamos ante un fallo de oferta, sino ante un exceso de demanda que ninguna política de ladrillo puede compensar.
El contraargumento: sin vivienda no hay dónde meter a nadie
Frente a esta tesis, otra parte del análisis sostiene que la vivienda es precisamente la barrera que frena la llegada. Si no hay dónde alojarse, el flujo se modera. Es el argumento de los que creen que el problema es de precio y de seguridad jurídica, no de número de personas. «El precio de la vivienda es una barrera. Y si no hay viviendas, ¿dónde se van a quedar?», se pregunta.
En este bando se apunta a la permisividad con la ocupación y a la falta de protección al propietario como causas de que no salga más oferta al mercado. Con reglas claras, sostienen, los pisos vacíos se movilizarían y el precio caería sin necesidad de construir un solo metro más. La discrepancia, por tanto, no es sobre el diagnóstico migratorio, sino sobre la palanca que lo corrige.
El fantasma del chabolismo y la M-30
Hay un tercer escenario que nadie quiere pero que se cuela en la conversación: si la demanda crece y la oferta no, el ajuste no se hace por precio, se hace por calidad. Es decir, por infravivienda. La referencia a las chabolas de la M-30 ha aparecido como advertencia: cuando el mercado formal no absorbe la demanda, aparece el informal.
Para este sector, construir más sin control de fronteras es empujar a España hacia un modelo de asentamientos precarios. La solución que proponen es la opuesta: reducir la demanda por la vía de la expulsión y el control migratorio. Es una posición que roza el límite del debate económico y entra de lleno en el político, pero que explica por qué el asunto se ha convertido en un campo de batalla electoral.
Quién se atreve a defenderlo en las urnas
La pregunta que sobrevuela todo el análisis es política: ningún partido con opciones de gobierno propone cerrar la frontera y limitar la construcción a la vez. Se apunta a que existe una oferta electoral que sí defiende el control migratorio, pero su programa de vivienda no pasa por frenar la construcción, sino por todo lo contrario. La contradicción es evidente.
Mientras tanto, los datos de precio siguen sin dar tregua y el debate se enquista. Unos creen que el ladrillo es la solución; otros, que es el problema. Y en medio, una generación que no compra ni alquila y que asiste a una discusión donde nadie parece dispuesto a mover su pieza. La predicción más honesta es que, sin un cambio en los flujos o en las reglas, el mercado seguirá haciendo lo que sabe hacer: subir.