El gusto musical como filtro de pareja: salsa, bachata y reggaetón
Un aficionado abre el melón en un foro de actualidad: no soporta la salsa, la cumbia, la bachata ni el vallenato, y sostiene que eso le deja fuera del mercado afectivo de su entorno. «Aún el reggaeton se baila más libre y tiene un ritmo más animado y menos ñoño», escribe, antes de rendirse: «no puedo con los otros géneros». La queja no es nueva, pero el diagnóstico que hace de su propia situación sí tiene miga: no es que no le guste bailar, es que cree que eso le convierte en incompatible con buena parte de las mujeres que conoce.
El primer golpe lo recibe de frente. «No me relaciono con panchas de 50 años», responde otro, y el autor del mensaje se corrige: habla de veinteañeras y de españolas de treinta y cuarenta. La corrección no arregla nada, porque el siguiente mensaje matiza sin piedad: «Todas? Mira, perdona. Todas no».
¿Es la bachata una red flag en el dating actual?
La respuesta del foro coincide en un punto: el problema no es el género musical, es lo que revelaría según algunos. «Tipa que le molan estas cosas, tipa que jamás te va a dar estabilidad en la vida», sentencia un participante. Otro lo eleva a categoría: «Bachateras son Red Flag, next». Y un tercero añade el matiz definitivo: «Si le gustas a una mujer te baila hasta death metal». Es decir, el gusto musical sería irrelevante si hay interés real.
El contraargumento llega desde el otro lado: quien se adapta a los gustos ajenos pierde. «En el momento en que hagas algo que odies por agradarle a una mujer, te verá como un parguela y perderás su respeto». La conclusión práctica que saca buena parte del hilo es que fingir gusto musical sale más caro que reconocer que no lo tienes.
El detector de gentuza y el mapa territorial del gusto
Hay quien va más lejos y convierte el rechazo en herramienta de selección. «Es un detector de gentuza y subnormales. Así que estupendo», resume uno. La lógica es la contraria a la del autor del mensaje: lo que él vive como handicap, otros lo venden como ventaja competitiva.
La variable geográfica aparece pronto. El autor insiste en que en Cantabria, Asturias, León y Galicia la música latina suena «en TODOS SITIOS», y otro le responde con escepticismo: «Claro, conoces a casi todas las tías de España». La discusión deriva hacia un mapa impresionista del gusto musical por regiones que nadie puede verificar.
La edad como variable oculta
El hilo introduce una capa generacional que el autor no había previsto. «Las jóvenes lo que tararean desde las chonis hasta las del doctorado es reggaeton, urbana y sus mezclas», apunta un participante. Otro reduce el fenómeno a un perfil concreto: «Muchas tías... cuarentonas divorciadas y con hijos». Y un tercero niega la mayor: «No conozco a ninguna que lo escuche ni baile la verdad».
El resultado es un retrato contradictorio: el gusto por la salsa y la bachata sería a la vez masivo entre jóvenes, propio de cuarentonas y prácticamente inexistente. Tres diagnósticos incompatibles sobre el mismo fenómeno.
Del gusto musical al polvo y la estabilidad
La conversación deriva hacia el terreno de las expectativas. «Y quien necesita estabilidad si de lo que se trata es de echar un polvo?», pregunta uno. La respuesta no se hace esperar: «Para follar por follar sin cariño me voy de putas». El hilo se parte entre quienes ven la música como síntoma de un proyecto de vida y quienes la reducen a banda sonora de una noche.
La ironía cierra el círculo. «Mejor las brochetas con salsa», escribe alguien, y el juego de palabras resume el tono general: un rechazo musical convertido en teoría sobre la compatibilidad de pareja, sin datos que lo respalden más allá de la experiencia personal de cada uno.
Al final, el dato que descoloca es que nadie ha aportado una sola cifra. Ni un estudio, ni una encuesta, ni un recuento. Solo impresiones territoriales, generacionales y afectivas sobre un género que suena en todas partes y que, según a quién se pregunte, lo bailan todas, ninguna o solo las divorciadas.