Del no votar nunca al voto por castigo: la papeleta de VOX como ajuste de cuentas
Hay quien lleva media vida sin pisar un colegio electoral y ahora tiene decidido hacerlo. No por ilusión, ni por fe en un programa, sino por una mezcla de castigo y cálculo. En el centro del argumento está una idea que se repite: que el socialismo pague por lo que ha hecho, sobre todo desde 2004. El voto deja de ser una adhesión y se convierte en un instrumento.
El perfil que emerge no es el de un militante. Es el de un votante que se define como
antisemita y antitaurino, que discrepa de VOX en los toros y en su alineamiento con Israel, y que aun así traga. La lógica que expone es de balanza: ningún partido encaja al 100%, así que se pesa lo que gusta y lo que no. Y lo que pesa más es la vivienda, los impuestos a los autónomos, el gasto en ayudas sociales y el control de la inmigración.
El voto como herramienta de castigo, no como fe
La primera consecuencia de ese planteamiento es que el voto se vuelve instrumental. No se vota para construir, se vota para ajustar cuentas. Aparece la idea de ver sentados en un banquillo a Zapatero y a Sánchez, y la de que el PP, si gobernara en solitario, taparía escándalos por supuesto complejo. Esa desconfianza hacia el PP es el motor real del trasvase.
Hay quien lo resume con una frase que se repite en distintos tonos: bienvenido al mal menor. Otros lo llevan más lejos y sostienen que si eres hombre y no votas a VOX eres
subnormal profundo, porque sería el único partido que no discrimina al hombre y el único en contra de la inmigración ilegal. La afirmación es una opinión, no un dato, pero marca el tono del votante que se siente huérfano.
El cálculo estratégico también aparece. En provincias donde VOX no tiene opciones reales de sacar diputado, algunos concluyen que no merece la pena perder la mañana. En otras, se asume que votar en blanco o a VOX beneficia igualmente a la lista más votada, que sería el PP. La abstención, por tanto, no es apatía: es una decisión calculada.
Los toros y el resto: la jerarquía de agravios
El mensaje inicial reconoce que VOX está a favor de los toros y del reconocimiento de Israel, dos cosas que rechaza. Pero las coloca en un segundo plano. La jerarquía es clara: primero la vivienda, los autónomos ahogados, el gasto en lo que llama
mamandurria, los menús halal en colegios y hospitales y la inmigración. Lo demás puede esperar.
Esa jerarquía genera un debate propio. Hay quien defiende que la tauromaquia es cultura y que se apoya por oposición a los progres, y quien sostiene que torturar animales por diversión ya no tiene sentido. La discusión deriva hacia el matadero: se argumenta que la vida del toro de lidia ya la quisieran para sí el 95% de los seres vivos del planeta, y se recuerda que en el matadero se usa un shock y en la corrida se pincha hasta morir. Es una de las pocas partes donde el debate se sale del eje partidista.
El antitaurino del mensaje inicial lo tiene claro: no le gusta que se torture a un animal por diversión, ni el clasismo que rodea el toreo. Pero no es eso lo que decide su voto. La conclusión que se impone es que hay cosas más importantes ahora mismo en España.
El desencanto con el PP y la Ventana de Overton
Una parte del votante no ve en VOX un destino, sino un escalón. Hay quien afirma que votará a VOX aunque le parezca centro-izquierda moderada y prosionista, solo para mover un poco la Ventana de Overton y ver si en las siguientes elecciones llega un partido ultraderechista de verdad. Es una lógica de acumulación: usar el voto como presión, no como gobierno.
Frente a eso, otros avisan de lo contrario: que en cuanto VOX pille ministerios y aplique recortes en comunidades y ayuntamientos, se le verá el pelo de la dehesa. La advertencia es que el partido que promete puede decepcionar al gobernar. Y hay quien directamente se pasa a otra opción, como SALF, o se plantea votar a Frente Amplio por la vivienda y la salud mental, aunque se declare sionista y racialista. Las combinaciones ideológicas son, cuanto menos, heterodoxas.
El PP aparece como el enemigo íntimo. Se le acusa de ser unos acojonados y acomplejados, y se recuerda que Feijóo disfruta jodiendo al personal aún más que Sánchez, con las medidas de la pandemia como ejemplo. Para este votante, el PP no es una alternativa: es parte del problema.
La abstención que se rompe y el voto que se pierde
El hilo muestra un trasvase real desde la abstención. Hay quien no ha votado en 20 años y ahora se plantea ir. Otros, en cambio, mantienen la abstención por cálculo geográfico: en su provincia es imposible que VOX saque diputado. La decisión depende del mapa electoral, no de la ideología.
También aparece el votante que se queda en casa por costumbre y bromea con que el PSOE y Correos votan por él. La ironía no oculta un dato: la abstención es un voto pasivo que otros interpretan. Y en ese contexto, la papeleta de VOX se presenta como la forma menos mala de romper la inercia.
El cierre no es un desenlace. Es una predicción con reservas: si el PP no convence y VOX no termina de arrancar en provincias pequeñas, la abstención seguirá siendo el partido más votado en muchos colegios. Y el ajuste de cuentas, aplazado.