Mónica García, el jersey y a quién llamamos rico
Un jersey levantado y una consigna en inglés. La ministra de
Sanidad, Mónica García, se quitó la prenda en un acto público para mostrar una camiseta con el lema «¡Viva el destape! Tax the rich», un gesto que ha reabierto la discusión más vieja de la política fiscal española: dónde está la
frontera entre pagar
impuestos y ser exprimido. El problema no es el eslogan. Es que nadie en el Gobierno ha puesto todavía un número encima de la mesa.
La consigna, además, no es española. Es un préstamo del debate estadounidense, donde la discusión sobre gravar a los ricos se refiere a patrimonios de miles de millones. Aquí, la traducción se hace a la baja:
hay quien sostiene que con 50.000 euros brutos anuales ya se entra en el club de los privilegiados. Y ahí empieza el lío.
¿A partir de qué ingresos se considera rico en España?
La respuesta corta: depende de quién la dé. En el material que ha alimentado esta polémica se manejan umbrales que no encajan entre sí. Un cálculo que circula habla de
17 millones de propietarios de al menos una vivienda —sin contar personas jurídicas— y de trece millones de familias que son dueñas de la casa en la que viven. Bajo esa definición, media España es rica. Y por tanto, susceptible de ser gravada.
Otra cifra que aparece en la discusión rebaja el listón: algo más de tres millones de personas que cobran por encima de 50.000 euros al año. El problema es que
50.000 euros brutos se quedan en unos 2.000 netos en catorce pagas, según el cálculo que se maneja en la conversación. No es un sueldo de yate. Es un sueldo de hipoteca, colegio y cierta tranquilidad, que en Madrid o Barcelona se evapora rápido.
Ahí está la trampa del eslogan. Un impuesto a los ricos suena justo cuando se piensa en grandes patrimonios. Suena a expolio cuando el umbral baja y te toca a ti.
El patrimonio de quien pide el impuesto
La crítica más repetida no va contra la medida, sino contra quien la propone.
Se apunta a que la propia ministra vive en un piso de dos millones de euros y a que su entorno no es precisamente humilde. La coherencia, en política fiscal, se mide en dos direcciones: contra el que paga y contra el que pide.
El argumento tiene recorrido. Si el impuesto va a gravar patrimonios altos, los primeros en la lista deberían ser los que lo defienden. Y ahí la conversación se vuelve incómoda para todos:
¿por qué los ricos de izquierdas siempre son los otros?Del «tax the rich» a la fuga de capitales
La objeción económica clásica aparece rápido: gravar a los ricos solo funciona si los ricos no se van. Y los ricos, por definición, tienen dónde irse. En la discusión se menciona el negocio de las estructuras offshore y la protección de capital frente a lo que se describe como
voracidad depredadora del Estado. No es una hipótesis: es un sector que factura asesorando exactamente sobre eso.
La contra-respuesta también está sobre la mesa: si el impuesto se diseña bien, grava lo que no se puede mover —inmuebles, participaciones, sucesiones— y deja en paz la renta del trabajo. El problema es que ese diseño no se ha explicado. Y sin diseño, el eslogan es solo eso.
El cansancio con el marco importado
Hay un rechazo transversal al préstamo lingüístico.
«Tax the rich» no tiene traducción exacta al castellano, y esa carencia se lee como síntoma: la política española importa consignas de un debate que no es el suyo. En Estados Unidos la discusión va de milmillonarios. Aquí, de contribuyentes de clase media alta.
La ironía fina: el mismo gesto que pretendía señalar a los ricos ha acabado señalando al que lo hizo. Y de paso, ha dejado claro que en España nadie sabe exactamente cuánto hay que ganar para ser el malo de la película.
Queda por ver si el Gobierno concreta el umbral. Si lo hace, la conversación cambiará de tercio. Si no, el jersey seguirá dando más titulares que la reforma fiscal.