Ponerse petao: una década de gimnasio y el precio hormonal
El objetivo de ponerse petao no es un proyecto de verano. Entre quienes llevan años levantando peso se maneja un cálculo realista: conseguir un cuerpo que llame la atención exige una década, si la genética acompaña. La primera recompensa llega antes, en el segundo o tercer año, cuando una simple camiseta ya sienta distinto y la silueta cambia.
Los datos están claros. La ropa sienta mejor, la postura cambia y la fuerza se dispara hasta el punto de que recorrer 8 o 10 kilómetros caminando se convierte en un paseo. Eso sí, el proceso se describe como “lentísimo” y con días en los que cuesta levantarse. Quienes lo viven lo comparan con algo que acaba perteneciéndote, no con una dieta de tres meses.
Hay un lado oscuro que pocos cuentan. Los anabolizantes se consiguen hoy en internet con demasiada facilidad, funcionan, pero son un pacto con el diablo. Aumentan la testosterona y reducen la capacidad natural de producirla; al dejar el ciclo, llega un bajón. La adicción psicológica es brutal y muchos acaban asumiendo una terapia de reemplazo hormonal de por vida, una ruleta rusa según varios análisis.
La altura, por cierto, no es excusa: con 178 centímetros no destacas, pero hay campeones como Franco Columbu con 165. Tom Cruise, con 170, tampoco parece sufrirlo. El reto de llegar a los 50 en forma sigue ahí, con la pregunta incómoda de a qué precio se paga.